La Carpeta:
1 de 10
 
Sin duda, AMLO va a meter la pata muchas veces, más de lo que él mismo quisiera, pero seamos persistentes como él lo ha sido, al menos para mantener de pie la esperanza, articulo de primera necesidad en este México tan desamparado, pateado y desvencijado, metáforas estas sí que no queremos seguir sufriendo en la realidad.
Eloy Garza
noviembre 26, 2018, 10:18 am

Hoy presentaré en la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Nuevo León, el libro AMLO y la Tierra Prometida, análisis del proceso electoral del 2018 y lo que viene, coordinado por Bernardo Barranco Villafán, bajo el sello de Grijalvo. Este es el tipo de libro-dron que remonta el vuelo y recorre desde diversos ángulos la realidad nacional. En este caso, el dron se desplaza por los comicios del pasado 1º de Julio y aborda desde un enfoque multidisciplinario los resultados de la jornada cívica, que para muchos estudiosos es una gesta histórica que emula el movimiento maderista de 1910. Escriben Carmen Aristegui, Francisco Abundis, Ana Saiz, Rogelio Gómez Hermosillo, Jenaro Villamil, Juana Inés Dehesa, Julio Hernández Astillero, Daniel Moreno y Ricardo Raphael. El ensayo introductorio lo firma el propio Bernardo Barranco, uno de los analistas más imparciales en materia electoral y sin duda el más reconocido sociólogo de las religiones mexicano. Yo así lo creo.

En otros artículos daré mi impresión sobre cada uno de los textos hilados en este libro. Por lo pronto, diré que Barranco aventura una tesis que parte de una metáfora bíblica: la Tierra Prometida (“donde mana leche y miel”) decretada por Yahvé, a donde migró el pueblo judío, guiado por el profeta Moisés, desde la salida de Egipto a Canaán, y que abarcó a tres generaciones. Barranco hace la analogía con la 4ª Transformación y “el anhelo, casi mitificado por construir un país diferente que, sin embargo, no podría realizarse en un sexenio; cuando mucho se podría construir las bases para abrir un futuro más alentador”. Esto nos lleva a la oferta de la Tierra Prometida como metáfora.

Los críticos de AMLO suelen reprocharle un supuesto delirio mesiánico. Lo hizo Enrique Krauze con su provocador ensayo “El Mesías Tropical” (2006). Yo no estoy tan seguro. En otros ámbitos académicos, Barranco nos ha ayudado a distinguir entre sistemas y creencias. AMLO no tiene una mentalidad sistémica pero sí es un hombre dominado por creencias. Y más claramente, por creencias religiosas. No es un fanático: es un creyente. No es un mesías, es un hombre de fe. Su talante es de carácter religioso. Barranco nos recuerda que lo mueve la fe, más de lo que parece. Tampoco es inverosímil tildarlo de demócrata fundamentalista, en el sentido de que quiera ampliar la democracia formal con la democracia participativa.

¿Quién es realmente López Obrador? El problema de esta interrogante no es que carezca de respuesta; es que le sobran respuestas. Muchos mexicanos creen conocer la personalidad de AMLO; rasgos pretendidamente suficientes y que les basta para saber a qué atenerse con el próximo mandatario. Según ellos tienen muy claro el norte en el cuadrante: o el tabasqueño es una personalidad autoritaria, que convertirá a México en Venezuela, o es un político inmaculado que derrocha buenas intenciones. No hay puntos medios. Al insistir con las amenazas de la polarización, polarizamos. ¿Por qué no mejor esperar a que el tiempo, padre del azar y la contingencia, lo ponga en su sitio? Para bien o para mal, nos matan las ansias de ser profetas del próximo sexenio. A los analistas nos pagan para analizar, no para profetizar. Pero de un tiempo a esta parte los diarios de México rezuman profecías, apocalipsis o ilusiones redentoras. Es natural en un país que durante muchos sexenios estuvo atrapado en una casa embrujada de la que, al fin, parece hallar la salida.

Ahora bien, la conclusión que concibo de este libro coordinado por Bernardo Barranco es que cuando las metáforas pasan a la arena política, se convierten en utopías. Y las utopías son buenos mapas para viajar, mientras no nos apeguemos a ellas como destino ineluctable. Las utopías son un no-lugar; su función no es que existan, es que nos sirven como referencias para caminar. Acabar completamente con la corrupción en México es una utopía, pero es una utopía que nos amotina la sangre, que mueve nuestros buenos deseos, que refleja lo mejor de nosotros mismos. Suponer que a partir del próximo 1º de diciembre nos volveremos a poner de pie para enrumbarnos a la Tierra Prometida, no pasa de ser una bella metáfora propuesta por Barranco, pero a mi juicio es útil para la hechura de políticas públicas realistas y para oxigenar el activismo social. Sin duda, AMLO va a meter la pata muchas veces, más de lo que él mismo quisiera, pero seamos persistentes como él lo ha sido, al menos para mantener de pie la esperanza, articulo de primera necesidad en este México tan desamparado, pateado y desvencijado, metáforas estas sí que no queremos seguir sufriendo en la realidad.