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Ana Clavel es también una visión del erotismo y una cultivadora tenaz de la poética de los cuerpos. Su línea narrativa sólo contiene un gemido, el más perturbador, que no ha nacido por azar, sino gracias al trabajo constante con el lenguaje, la escritura y el estudio de las conductas sexuales de nuestro tiempo.
Staff
junio 21, 2012, 12:52 pm
El arte de novelar

Por Élmer Mendoza

EL UNIVERSAL

Ana Clavel, nacida en la ciudad de México en 1961, es la voz más autorizada de la literatura mexicana en el tema de la sensualidad como instrumento de relación entre seres humanos. Su libro, “Amor y otros suicidios”, publicado por ediciones B México, en marzo de 2012, es un vigoroso testimonio de lo que la autora es capaz de conseguir en este delicado territorio narrativo donde ella es el pez y sus lectores el agua. Si hay libros que son casas, este es una cama, un cálido espacio donde del juego erótico al deseo satisfecho sólo hay un paso, aunque en algunos textos, sea un paso como el de Neil Armstrong o un rincón del infierno.

“Amor y otros suicidios” es una colección de 18 historias creadas para fustigar recuerdos, imaginación y capacidad de asombro. Un universo de brillo contenido como el que se alza de la espalda de una sirena. Ana comparte historias directas sobre el vaporoso amor y otras que exigen pertenecer culturalmente a los tiempos que corren. Cinéfilos, lectores, viajeros urbanos, artistas, críticos, sexopracticantes, sobrevuelan las presentes páginas en las que terminamos atrapados en una sensación pecaminosa pero sonrientes.

Con precisión de sastre, la autora corta, recorta y mezcla personajes antes de anclarlos en la vida misma. Prototipos. Con prosa solvente, avanza construyendo y colapsando atmósferas rendidas al arte de narrar, que es el arte de los espejos múltiples donde todo es verdad y todo es mentira, ¿a quién le importa el color del cristal con que se mira?

No a Ana Clavel, que en sus obras siempre consigue apoderarse del tablero, y sus historias oscilan, proponen y edulcoran el pensamiento; sin duda, la buena literatura carece de inocencia, y aquí se aprecia un universo instigador dentro de recuerdos generalmente inconfesables. ¿A dónde se transporta usted cuando observa, en el Metro, a esas parejas imbricadas que se comen a besos? No lo diga, pero puede pensarlo.

La parte erótica del presente volumen es muy interesante y desentrañadora. Clavel jamás ha sido una escritora temerosa o rudimentaria y menos con el lenguaje como fuente de emoción, sus ficciones se valen de las sombras sólo para crecer e intensificar el misterio de las siluetas. Cada cuerpo, cada vientre aterciopelado, cada pezón oscuro, cada violeta del deseo están en su sitio porque están en la palabra justa. Lo mismo la ansiedad que brota y se comparte y agota los símbolos enhiestos, “Vigil había pecado por ser demasiado hombre”, o, “Por más que la sirena de una patrulla comienza a escucharse peligrosamente cerca, George se abre la bragueta.” ¿Qué más?

Muchos lectores estarán de acuerdo en que algunos personajes viven en las ciudades que habitamos e incluso en nuestra casa. ¿Sherlock Holmes? Claro, ¿qué sería de Londres sin él? ¿Peter Pan? Por supuesto, y la Maga, que en vez de sacarse conejitos de la boca, hacer el amor en un embotellamiento de autopista o enseñarnos a subir escaleras, entra y sale de estas páginas como si estuviera en París, y su primer autor preocupado; “a pesar de todas mis evasivas, Julio preguntó por la Maga”, y ella intentando deslumbrarnos al estilo Horacio Oliveira: “Ya instalada en mi departamento y a punto de un nuevo ataque de celos, amenazaba con tirarse por la ventana”. El juego es infinito, divertido; descansa en el embeleso compartido, estimulado por una prosa limpia trabajada con admirable rigor.

“El placer siempre ha comenzado por el tacto”, afirma Clavel, cuyos cuentos han sido traducidos al árabe e italiano entre otras lenguas. Se refiere al placer que nace de la percepción de una tersura especial, al que se suman pronto las fragancias de la traspiración, la respiración entrecortada y otros flujos, además de las feromonas y los perfumes que enriquecen toda generosa acción de palpar. Pal par. Ana plantea situaciones donde los problemas humanos palidecen ante la presencia de los cuerpos y sus roces premonitorios. Hace muchos años que el calificativo “Manos de seda” dejó de pertenecer a ciertos delincuentes superdotados; ahora se aplica a personas que nacieron para esa cosa que a usted tanto agrada.

Ana Clavel es también una visión del erotismo y una cultivadora tenaz de la poética de los cuerpos. Su línea narrativa sólo contiene un gemido, el más perturbador, que no ha nacido por azar, sino gracias al trabajo constante con el lenguaje, la escritura y el estudio de las conductas sexuales de nuestro tiempo. Amor y otros suicidios es un libro que podrán compartir con una caricia, la llave que más puertas ha abierto en la historia de la humanidad. A poco no.