La Carpeta:
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A mediados del siglo XIX, una plaga feroz de mosquitos ahuyentó a los paseantes que visitaban La Alameda.
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junio 11, 2012, 6:59 am

Héctor de Mauleón

El Universal
Twitter: @hdemauleon
demauleon@hotmail.com

A mediados del siglo XIX, una plaga feroz de mosquitos ahuyentó a los paseantes que visitaban La Alameda. Según la descripción de El Monitor Republicano, en los años en que estos insectos tomaron posesión del paseo, nuestra actual avenida Juárez no era aún una avenida, sino una sucesión de calle lodosas —se llamaban Corpus Christi, Calvario y Patoni— en las que aún era posible encontrar aguazales, charcos y malpasos: residuos de las antiguas lagunas que el virrey Antonio de Mendoza había comenzado a desecar tres siglos antes.

Avenida Juárez era entonces una de las calles menos habitadas de la ciudad.

En el siglo XVI, cuando se ordenó la creación de La Alameda, la nueva calle que conducía hasta ésta fue empleada por los franciscanos para escenificar el Vía Crucis: cada viernes de Cuaresma, los religiosos avanzaban penosamente entre el lodo, hasta una capilla recién construida en los límites del paseo: el Humilladero, que luego se conoció como capilla del Calvario.

Mientras la ciudad crecía, se extendía, se poblaba, la primitiva avenida Juárez fue una calle dedicada al ejercicio de la fe. En vez de casas, se construyeron nueve capillas que recordaban las estaciones de Cristo rumbo al Calvario.

Una crónica del siglo XVIII dibuja esa calle: por las noches quedaba solitaria, tan oscura que no tardó en volverse punto de encuentro de hombres y mujeres que deseaban “cometer torpezas”. ¡Avenida Juárez fue, en su prehistoria, un hotel de paso al aire libre que, tras las oraciones, se llenaba de figuras embozadas en busca de rincones umbríos!

Los muros de las capillas resultaron sitios tan espléndidos para el encuentro de los amantes, que el arzobispo Juan Pérez de la Serna denunció alguna vez a los descocados que, en coches y a caballo, iban cada noche a profanar “con ruidos y chacotas” una vía dedicada al martirio del Señor.

Durante siglos, el único habitante de la calle había sido el Alamedero: el funcionario que habitaba una casa situada frente al convento de Corpus, en donde se guardaban las herramientas necesarias para el cuidado del paseo.

A mediados del siglo XVIII, la calle, que desde su fundación “había permanecido estacionaria”, sufrió un cambio repentino. En unos años se levantaron el Hospicio de Pobres y la Cárcel de la Acordada (Humboldt y Revillagigedo).

En 1824, los vecinos que habían llegado a poblar la zona protestaron ante la inmundicia y la inseguridad que rodeaba las capillas. El gobierno decidió demolerlas, a excepción de la del Calvario. El México Independiente, que había suprimido la procesión del Vía Crucis, hizo que el antiguo Humilladero se quedara sin culto.

Durante casi medio siglo, la vieja capilla sólo abrió sus puertas las mañanas en que algún reo de la Acordada iba a ser sometido a la última pena: el toque de las campanas que acompañaba a los sentenciados hasta el patíbulo era tan aterrador que hacía temblar, incluso, a los peores criminales.

En 1858, Ignacio Ramírez y Francisco Zarco fueron encerrados en la Acordada.

Cuando oyeron aquel tañido lento y lúgubre, sufrieron tal desazón que prometieron demoler la capilla maldita. Pudieron hacerlo al terminar la Guerra de Tres Años, cuando Ramírez fue nombrado ministro de Justicia. La capilla del Calvario fue demolida en tres meses.

Ahí se abrió un negocio de venta de carruajes, y también un jardín dedicado a la venta de plantas. Llegaba una nueva era. Años más tarde, cuando la calle fue ensanchada, Benito Juárez entró por ella triunfante: la ciudad lo agasajó con un banquete servido en el mismo sitio en donde Porfirio Díaz iba a dedicar al Benemérito su famoso Hemiciclo. El resto era prehistoria.