La Carpeta:
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Qué tanto gusto había en quejarse, un filósofo decía, que a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse. La vida es sueño, Calderón de la Barca.
FELIX CORTES CAMARILLO
septiembre 3, 2018, 1:09 pm

Leo que Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Cámara de Diputados y para efectos de la sesión inaugural de la 64 Legislatura, presidente del Congreso, entró al recinto de San Lázaro con paso lento y asistido por dos jóvenes ayudantes. No solamente iba a ser el encargado de recibir el texto voluminoso del último informe, predeciblemente patético del ejercicio del presidente Peña Nieto. Estaba asistiendo, con sesenta años de experiencia política a cuestas al inicio de su despido triunfal en su oficio. Por ello se le confería este honor.

Arrastraba los pies, sin duda. Sin embargo, Porfirio no los ha usado nunca para pensar. Lo demostró en el tono tolerante del discurso de recepción del documento que nadie se va a ocupar en leer, sabedor que esta tarde de lunes a las cinco, en el patio central del Palacio Nacional escucharán aburridos una sucinta exégesis que de él hará el Presidente saliente.

“Estamos en la hora de la reconstrucción nacional, no en el de una democracia colérica”, dijo. Mandó, a través del secretario de Gobernación un saludo a Peña: “Dígale, por favor, que nosotros sí pensamos acudir a las celebraciones patrias y a su informe de Gobierno”. Una alusión oblicua a la cómoda conducta de los dos recientes presidentes a enviar por escrito un documento, evitando la interpelación, el cuestionamiento, la controversia, la discusión, la esencia de la democracia. Tal vez, entre los cambios que López Obrador impondrá al Congreso, eso también cambie en el sexenio próximo a iniciar. ¿Cuál guapo de los legisladores llevados al privilegio de la tribuna por Morena se atreverá a cuestionar desde ella a su propietario, el presidente Andrés Manuel? Volveremos al Día del Presidente.

Pero la frase cenital de Muñoz Ledo estaba en otra parte: “Ésta es la hora cero de la nueva República”. Geométricamente tiene indudablemente razón. En lugar de encontrarnos al cabo del recorrido hacia adelante a la democracia desde hace 30 años, hemos hecho un recorrido circular y nos volvemos a encontrar en el punto de partida: como si no hubiera pasado nada. Estamos nuevamente ante un Presidente omnipotente, autoritario, que no escucha consejo y que tiene el dominio absoluto de ambas cámaras del legislativo.

Peor aún, parecería que estuviéramos en el cero negativo. Yo no recuerdo a la mayoría priista de legisladores gritar en la cámara algo así como: “ahora sí tendremos brillo, con José López Portillo”, o en su momento: “mejor que nadie se ría, que ya llegó Echeverría”, como escuché el sábado a los morenistas: “es un honor, estar con Obrador”. Un verdadero ejemplo de lo que será la independencia del poder Legislativo durante los años que siguen del omnipotente presidente López Obrador.

Pero los tiempos no son de lamentos —ay, mísero de mí, ay, infelice— como si quisiéramos provocar nuevos motivos de ellos, como dice Calderón antes de que aparezca Segismundo con su monólogo. Los tiempos de la oposición política son siempre más difíciles y exigentes que los del ejercicio del poder. La chiquillada que no esperaba llegar a serlo, no tiene en el Congreso las calidades de número y talento para figurar como alternativa al neopriismo que ha llegado al poder con otro nombre. Es necesario que en este regreso, al punto cero, otras opciones de movilización política asuman ese difícil papel. La sociedad civil, la academia, la intelectualidad, los medios de comunicación. Todos a una.

Si no, estamos fritos todos ustedes.