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El placer eterno y el gozo sin final tienen fecha de caducidad, cuando regresa la realidad a imponerles sus leyes grises y la melancolía deja de ser una moda pasajera hasta convertirse en la única forma de decir buenos días a la tristeza que termina por consumirnos el alma entera.
Eloy Garza
agosto 24, 2016, 5:54 am

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La envidia y el amor se parecen en que ambos sentimientos rinden homenaje a los talentos del otro. Es solo que el amor busca ser complemento mutuo, y la envidia se abre a la rivalidad.

El poeta Petrarca inventó una palabra: compatía, que combina el deseo de compartir con la empatía. En la envidia, en cambio, la voluntad de compartir se sustituye por el recelo y la empatía por la antipatía. De ahí que sea uno de los pecados capitales.

He dicho, sin embargo, que la envidia es, a su manera, un homenaje al otro. Así se rinde mi admiración por Françoise Sagan, muchacha francesa de clase alta, que con apenas 18 años y el tiempo libre que le dejaba la inmensa fortuna de sus padres, escribió una gran novela menor, titulada Buenos días, tristeza, que con algunos matices distintos, me hubiera gustado escribir a mis 47 años.

Buenos días, tristeza pudo ser la obra que definiera el amor de la generación Millennials: amores líquidos, emociones ambivalentes ante sus mayores a quienes ven con respeto y desconfianza a un tiempo, una filosofía de la vida afincada en el carpe diem, y la atracción por el oscuro objeto del deseo que trivializan en su afán de no comprometerse.

Pero dije que pudo ser, no porque Sagan, la autora, se quedara corta en los horizontes psicológicos de sus personajes, sino porque escribió la novela hace la friolera de 64 años, cuando las redes sociales ocurrían en vivo en cualquier playa pública y en vez de mails electrónicos la gente se enviaba correspondencia y tarjetas postales.

En la novela, como si fueran personas vivas el siglo XXI, el viudo cuarentón Raymond no puede conservar una amante por más de seis meses, Cécile, su hija, solo entiende el amor como encuentros sexuales fortuitos, y cuando aparece la sombra de la formalidad y los acuerdos duraderos, como se los exige tanto a padre e hija la elegante pero odiosa Anne, que quiere casarse con Raymond, la desgracia se desata en ese paraíso artificial, en forma de mar Mediterráneo.

Los Raymonds pululan en la época actual, en forma de enfermos del llamado síndrome de Peter Pan: los adultos que no quieren crecer y eluden compromisos duraderos. Las Céciles abundan en las redes sociales, como jóvenes que se creen adultas, porque han sustituido la experiencia y el conocimiento de la vida por las definiciones de todas las cosas que hay que saber en esa enciclopedia porosa y superficial llamada Wikipedia.

Mientras tanto, una melancolía colectiva, que nos aísla de los demás, aunque nos sintamos arropados por Facebook, va sumiendo a la gente en lo que Ruben Darío denominó en uno de sus sonetos como “la indiferencia taciturna”.

Françoise Sagan murió arruinada en 2004 a la edad de 70 años, cuando ya existía Internet, tras rematar su mansión en la campiña francesa. Unos amigos suyos la habían llevado a vivir a su piso en París, porque la anciana, celebridad literaria venida a menos, no pudo reponerse emocionalmente después de haber sido encarcelada durante varios años por evasión de impuestos.

El placer eterno y el gozo sin final tienen fecha de caducidad, cuando regresa la realidad a imponerles sus leyes grises y la melancolía deja de ser una moda pasajera hasta convertirse en la única forma de decir buenos días a la tristeza que termina por consumirnos el alma entera.