La Carpeta:
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Pero los candidatos creen que tienen el cerebro aún más grande que el nuestro, y así pueden agregar en Facebook a miles y miles de supuestos amigos al mismo tiempo.
Eloy Garza
junio 20, 2012, 6:13 am

Los candidatos políticos en Nuevo León quieren hacer de Facebook un escaparate publicitario. Toman las redes sociales como medio de difusión. No suelen proponer: ofrecen mejor sus nombres y sus rostros. Publican fotos de campaña, recorridos diarios, frases anodinas, citas célebres (cuyo autor desconocen), calumnias con pseudónimo a sus opositores y emiten una retahíla semanal de saludos huecos: nos mandan los buenos días, las buenas tardes y (los más audaces) hasta las buenas noches.

No siempre son ellos los culpables de tales desatinos. Por lo general el responsable es su community manager (sinónimo en Monterrey de voluntario o asalariado aburrido). Es comprensible: se trata de “cubrir cada flanco”, “tener presencia” (whatever that means), “ocupar los espacios” y (prepárese el lector para la palabrita más socorrida por la jungla campañera): posicionarse.

Un like en sus páginas es casi un sufragio a su favor, pero ese mismo like en una fotografía personal o en un “status” es para ellos una aprobación masiva de sus propuestas (aunque no tengan ninguna). Da igual que el susodicho like sea de un familiar, un compadre, la amante en turno, o el propio community manager  “legitimando” así su histórica función.

Howard Dean, un político demócrata fue el primer candidato presidencial en el mundo que utilizó bien las redes sociales. Ahora es un exitoso usuario de Facebook por una simple razón: no se hace publicidad, no se autopromociona. Más bien abre diálogos, platica, polemiza, discute y, sobre todo, pregunta. Pasa una buena cantidad de horas preguntando e indagando a diestra y siniestra. Hace sentir a sus amigos que ellos son los expertos y así se ahorra los asesores políticos. Genera un entorno de pertenencia comunitaria donde él es uno más. Por eso le va bien.

Facebook no es un evento de campaña, ni una revista de publicidad, es una esquina urbana donde se juntan los amigos a convivir. O para hablar en términos regiomontanos, es una “carne asada virtual”. Pero: ¿Le gustaría a usted que en el patio de su casa, donde humea su asador, se enfrían las cervezas y sus amigos platican, un candidato se aparece ahí para enseñarle fotos publicitarias y se pone a repartir volantes?

Las redes sociales como Facebook no son escaparates publicitarios; son entornos virtuales para relacionarse. No sirven para convencer electores. No son medios para granjearse votantes. Que un candidato tenga como reto aumentar su lista de amistades en Facebook, y se fije una meta de 5 mil amigos por cada página suya, es una pérdida de tiempo. Facebook ha aumentado los límites impuestos al ser humano para relacionarse, pero no deja de tener un límite. En las redes sociales llegamos a relacionarnos máximo con 700 personas. Y de ese universo, sólo podemos escoger los contactos más afines a nuestros gustos o aficiones.

La neocorteza cerebral del ser humano es más grande que la de los simios. Por eso podemos relacionarnos mejor. Pero los candidatos creen que tienen el cerebro aún más grande que el nuestro, y así pueden agregar en Facebook a miles y miles de supuestos amigos al mismo tiempo. Luego pierden las elecciones y tras culpar a Facebook de haberles hecho gastar su tiempo, descubren que su neocorteza cerebral no era tan grande ni tan voluminosa como se lo hicieron creer sus fans virtuales. Y la verdad, en estos asuntos el tamaño no importa.