La Carpeta:
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¿Cuántos te han querido de verdad, Elba Esther Gordillo?
Eloy Garza
agosto 9, 2018, 7:19 am

De aquella película francesa La piel suave de Francois Truffaut sobre alumnos y maestros, memorizaste sólo una frase pedagógica: “en la vida hay que ser duro, pero no insensible”. Lo decía un maestro parisino (interpretado por Jean-Francoise Stévenin) con un dejo de ternura endurecido que tú también cultivaste de joven, pero que se te fue diluyendo con los años en ese rictus insensible que dejan las cirugías recurrentes. A falta de afectos, traspasaste tu ternura a otras personas que vinieron y se fueron pronto. Y a otras supersticiones: el poder y la fortuna.

Fuiste dura, no insensible, cuando ingresaste al SNTE en 1970 y te dejaste llevar como pupila inexperta. Habías perdido la inocencia política con el viejo cacique magisterial y un buen día, alejada de tu Comitán Chiapas, prometiste no volver a ser mancillada por nadie, ni por ti misma que a veces (eso fue antes) cedías a la proclividad de cierto sentimentalismo ramplón.

Desde entonces fuiste dura con los tuyos: tu hija-espejo Mónica Arriola, tus querencias efímeras, tu yerno pusilánime Fernando González. E insensible con los traidores: Carlos Salinas que te ninguneó tras usarte como ariete contra la vieja guardia magisterial; Roberto Madrazo que te destituyó del liderazgo priísta en el Congreso y después de tu propio partido en 2005; Josefina Vázquez Mota que quiso eclipsarte el control de la SEP; Gabriel Quadri que tú, vindicativa de la presuntuosa ciencia, harías claudicar de sus afanes ético-ecológicos para venir a bolearte tus zapatos de ante y tacón alto. Contra ti no había podido nadie, más que tus propios demonios. Hasta que te opusiste a la Reforma Educativa de Peña Nieto. Ahí te volviste lideresa prescindible.

Lo podías todo: comprar al más rejego; dejar esperando a inversionistas que te procuraban; jugar al gato y al ratón con Jorge Castañeda, malabarear con las cuotas sindicales; crear un partido (Nueva Alianza) con una única dirigente y una sola militante, porque los demás miembros eran un juego de espejos donde se multiplicaba millones de veces, como en orgasmo cósmico, el rostro suyo. Dar y quitar, imponer y someter; entronizar y derrumbar; comprar y negociar.

Luego la enfermedad te hermetizó a los ojos ajenos. Dolencia real o ficticia: daba igual si se trataba de esconder tu rostro. Y casi nunca la mano. Pero ni recluida en tu exilo en Los Ángeles dejaste de azotar traidores. Dura e insensible, lenguaraz y entrona, jugaste con los flirteos de jóvenes mercenarios de cuerpo fornido y ademanes de púgil ebrio: pobres ellos. Al cabo los decretaste líderes, como convertiste maestros en ruleteros y dirigentes partidistas en familiares sin talento.

Eras la suntuosa mandamás de un magisterio que no se dejaba evaluar. Eras la dictadora de un sistema educativo en ruinas. Eras la hechicera envuelta en piel de leones y pócimas de santería. Eras la única mujer que decía vencer a los hombres en su propio terreno y por eso (alegabas, presumías, renegabas) te perseguían. Hasta hundirte en chirona.

Retaste a Calderón para después otorgarle tu perdón hipócrita. Rompiste con Peña Nieto en campaña, para jugar a las vencidas con el poder. Compraste periodistas para mofarte de ellos: bufones de bisutería. Te erigiste como líder vitalicia porque lo eterno –así sea en tesitura fársica– compensa los señuelos que te arrojaba de vez en vez la decadencia. Te paseabas, libre de ataduras afectivas y de las camisas de fuerza que impone la moral a los espíritus débiles, por Saint Honoré, en París; por Notting Hill, en Londres; por Madison Avenue en Nueva York. Eras cínica cuando guardas tus vestigios de carga de conciencia en un rinconcito de tu bolso Louis Vuitton.

Cumpliste con Truffaut: “Hay que ser duro pero no insensible” y en vez de elegir una, asumiste como manual de acción ambas opciones, te subiste a ambos trenes, recalaste en ambos muelles. En el largo periplo de torturas inclementes a traidores y lacayos desertores, sumida en la cárcel, liberada por AMLO en pago a favores de campaña, olvidaste el final de la película de Truffaut; ese susurro del maestro parisino que vibra en el horizonte sin retorno ni final y que los místicos han querido rebautizar como destino, porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer ni ser queridos.

¿Cuántos te han querido de verdad, Elba Esther Gordillo?