La Carpeta:
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A mi amiga se le vino a la cabeza la imagen de su esposo, modelo de quinta de quien vive obsesionada. ¡Qué lío! Por eso su vida es ver series de TV. De pronto entendió que su matrimonio no estaba en crisis, sino que ya no existía. Aunque dormía con su marido, administraba su pérdida.
Eloy Garza
marzo 2, 2018, 7:45 am

Mi amiga entró al bar Mayor Tom. Pidió un Etiqueta Negro, derecho, y sentó a un lado de los ventanales que dan al estacionamiento. Pensaba en su marido, o en su matrimonio, o en cualquier otra variante de fracaso sentimental.

A su lado, dos muchachas, una aperlada y la otra rubia, platicaban sobre el reality show de Paris Hilton y Nicole Richie: “The Simple Life”. Mi amiga se avergonzó porque conocía al detalle las cinco temporadas. La verdad es que consume la programación completa de streaming. Le gustan las series donde aparecen los douchebag, esos metrosexuales de gym eterno, tan ególatras como imbéciles. A mi amiga los douchebag le recuerdan a su marido y sabe que su afición televisiva es un recurso para evadirse de la realidad.

Entonces notó a la mujer setentona estacionando a la fuerza un BMW en un espacio apenas libre, frente a los ventanales, y entró al Mayor Tom con un paraguas demodé y un vestido negro, como de luto. Se sentó cerca de mi amiga; lo suficiente para escuchar la plática de las dos muchachas. “¿Sabías que Paris y Nicole luego se disgustaron?” Mi amiga se sintió incómoda. “Pues yo le voy a la Richie; Paris se la vive buscando modelos para exprimirlos en su yate”.

A mi amiga se le vino a la cabeza la imagen de su esposo, modelo de quinta de quien vive obsesionada. ¡Qué lío! Por eso su vida es ver series de TV. De pronto entendió que su matrimonio no estaba en crisis, sino que ya no existía. Aunque dormía con su marido, administraba su pérdida. Desde hacía años administraba ese hueco cotidiano. Y lo hacía viendo televisión.

La muchacha aperlada le preguntó a la rubia cómo le dicen a los modelos que fornican con la Hilton; esos tipos vanidosos y estúpidos. “Douchebag” intervino mi amiga: “lo sé porque vivo con uno de ellos”. Las chicas le dieron las gracias y le preguntaron por su estado civil. “Casada” contestó mi amiga. “¿Y por qué no te divorcias?” y ella: “por una resistencia interior mucho más fuerte que yo”. Pero ya no pudieron escucharla porque la setentona comenzó a gritarles, blandiendo su paraguas demodé: “A ninguno de los clientes del Mayor Tom nos interesa “The Simple Life”, ni con quién se acuesta Paris Hilton. Venimos a tomar un whisky y a meditar, no a oír frivolidades de dos pendejas”.

Mi amiga se hizo a un lado para que la setentona saliera del Mayor Tom y se subiera a su Mercedes dando un portazo. Luego, a través de los ventanales la vio maniobrar más de quince minutos sin poder salir del pequeño espacio donde lo había estacionado. Las muchachas se burlaron: “a la vieja le falta su douchebag”, y le hacían gestos detrás del vidrio. “Ya les dije que vivo con uno de ellos y no es nada placentero”, les recordó mi amiga.

“Viuda, sin amistades, y ahora sin poder sacar mi propio carro”, se lamentaba la señora desde el asiento del chofer, con el vidrio abajo. Plantada a un lado de la puerta del Mercedes, mi amiga le ofreció que la dejara maniobrar a ella. En menos de un minuto sacó el coche atrapado. La setentona sujetó con fuerza su paraguas demodé, le dió varias veces las gracias, rogándole que la aceptara como amiga y de sus ojos brotaron unas lágrimas que le escurrieron por las mejillas arrugadas. Luego le preguntó por su estado civil. Mi amiga respiró, extrajo todo el dolor enquistado en su cerebro desde hacía meses, años, décadas, para responderle finalmente: “Divorciada”.