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Sorpresivamente, mientras el tratado comercial con Corea del Sur anda peligrando, el líder de la última dictadura comunista, parangón de la antidemocracia, el joven Kim Jong-Un asevera que su país abandonaría su intimidatoria política de armamentismo nuclear si Estados Unidos se pone a modo.
FELIX CORTES CAMARILLO
marzo 8, 2018, 7:06 am

Abriremos un pilar para ver a doña Blanca.

           De las rondas infantiles

Nos han estado espantando con el monigote de Donald Trump sacando arbitrariamente a su país del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Ciertamente las consecuencias de semejante tontería serían graves para los consumidores de los tres países y de manera especial para la economía mexicana. No obstante, hay un peligro mayor que se cierne no solamente sobre las tres economías que nos ocupan. La guerra comercial a la que se está asomando con temeridad el Presidente de Estados Unidos puede devenir una gran depresión como la de 1929 y años subsiguientes. En las raíces de ese asunto estuvo también el proteccionismo y la negación a la validez del libre comercio como herramienta de progreso.

El primer round de esta guerra comercial es la decisión de los aranceles a las importaciones de acero y aluminio por parte de nuestro vecino. Para empezar, Estados Unidos produce 80 por ciento del acero que necesita. El impacto en los productos que contienen acero, como los automóviles, será importante, pero no significativo. En el caso del aluminio el asunto es diferente: Estados Unidos importa dos terceras partes del aluminio que consume. Díganselo al americano medio que se está tomando una cerveza envasada en latas de ese metal.

El asunto es que el presidente Trump está empeñado en iniciar una guerra comercial que, según su opinión, es muy fácil de ganar y finalmente benéfica para el trabajador estadunidense.

En el 2002, el presidente Bush impuso aranceles hasta de 30 por ciento en ciertos productos del acero. Conservó unos diez mil empleos en la producción de acero, pero afectó a 200 mil trabajadores de las industrias que usan el metal. Hace 15 años los aranceles fueron impuestos mientras Bush mantenía una política de comercio abierto. No es el caso ahora.

Después de hundir el tratado transpacífico en su afán de atacar China, Trump está tratando de destruir, o por lo menos eso dice, otros dos acuerdos fundamentales para su país: el TLCAN y el tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Corea del Sur.

No suele ser conveniente pelearse con todos al mismo tiempo, diría Sun Tzu. Peor aún, aliarse con el peor y menos confiable de tus amigos. Es verdad que el sentido común dice que hay que tener a los enemigos cerca para poderlos vigilar: los amigos se cuidan solos.

Sorpresivamente, mientras el tratado comercial con Corea del Sur anda peligrando, el líder de la última dictadura comunista, parangón de la antidemocracia, el joven Kim Jong-Un asevera que su país abandonaría su intimidatoria política de armamentismo nuclear si Estados Unidos se pone a modo.

¿Sorpresa?

No del todo. Kim y Trump son pájaros del mismo plumaje. Ambos inician negociaciones con un descontón sorpresivo y siguen golpeando hasta que el agotado adversario accede a “conversar”.

Kim le está haciendo a Trump lo que éste le sigue haciendo a los mexicanos. Y aquello de la sopa y el chocolate tiene que venir a cuento.