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Hoy, 20 de diciembre de 2017, se cumplen 32 años, tres meses y un día de los sismos de 1985. Todavía hay damnificados de aquel entonces que viven en albergues temporales y siguen esperando la reconstrucción de sus viviendas.
FELIX CORTES CAMARILLO
diciembre 20, 2017, 6:14 am

Ayer se cumplieron tres meses del terremoto que sacudió no solamente la Ciudad de México, sino amplias zonas del México pobre, dejando centenares de damnificados. Ayer por la mañana escuché al encargado de reconstruir las casas dañadas en la capital del país y aún cuando sólo reconoció arriba de siete centenares de edificios afectados, reconoció que merced a los cansados y complicados trámites burocráticos de la autoridad de la que él mismo forma parte, solamente la mitad ha sido censados, ya no se diga estar recibiendo ayuda. A tres meses del incidente.

Eso es para pararse de cabeza de ir, pero aún hay más, como dirían los clásicos.

Hoy, 20 de diciembre de 2017, se cumplen 32 años, tres meses y un día de los sismos de 1985. Todavía hay damnificados de aquel entonces que viven en albergues temporales y siguen esperando la reconstrucción de sus viviendas.

Mientras esos fenómenos dignos de una pieza de Ionesco tienen lugar ante nuestros ojos y nuestra indiferencia, los políticos se dedican a discutir en los medios quién gobernó mejor la ciudad capital, si Andrés Manuel, entonces, o Miguel Ángel, ahora. Nos inunda de datos y estadísticas, porcentajes y juicios. La verdad es que la mitad de los damnifcados del sismo de hace tres meses sigue sin ser digna de atención y algunos perjudicados de hace 32 años siguen sufriendo lo mismo que entonces.

Uno quisiera clamar al cielo, que desde los tiempos de Calderón suele hacer oídos sordos y no nos deja más remedio que decir como Segismundo: de mis pasos en la tierra responda el cielo, no yo. Pero eso que suena tan bonito en la escena es indebido. Tenemos mucho más a la mano a los responsables de las injusticias que nos afectan. Están aquí, despachando en sus oficinas ejecutivas que nosotros pagamos y conducen autos pagados por y alimentados con la gasolina del erario.

¿Qué nos está pasando que somos incapaces de exigir que se cumpla lo que los funcionarios públicos tienen qué hacer?

En las breves, pero heroicas jornadas de los rescatistas de hace tres meses, la canción de Cielito lindo estaba en la boca de todos los mexicanos solidarios. Igualmente estaba el puño levantado para pedir silencio en el rescate y solidaridad en la acción.

¿Qué se fizieron? Preguntaría el Cid Campeador.

PILÓN.- Las cataratas de información que las redes sociales producen llevan en el pecado la penitencia: la espectacular exposición va en inversa proporción a la permanencia de sus mensajes. No hace tanto tiempo que la sociedad mexicana se escandalizó ante los excesos de corrupción en que el gobernador de Veracruz, Javier Duarte y su pandilla incurrieron en el ejercicio de nuestro patrimonio.

Hoy ya se nos olvidó.

Se nos debe olvidar permanentemente, diría yo. Los fondos desviados del erario veracruzano, como los del estado de Chihuahua en el mismo periodo o en el de Tamaulipas, no solamente enriquecieron los bolsillos de los gobernadores, sus familias y sus cómplices, también fueron usados en campañas políticas que hoy, particularmente hoy, son inconfesables.

Pues eso.

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