La Carpeta:
1 de 10
 
Todo iba perfectamente bien. La ceremonia más importante para el cine comercial del mundo entero se había, previsiblemente, convertido en un mundialmente aplaudido acto de la comunidad hollywoodense en contra de Donald Trump y su política excluyente a carta cabal.
FELIX CORTES CAMARILLO
febrero 28, 2017, 7:11 am

felix-nuevo

Este cancionero está escrito en tres estrofas, tres actos o tres tiempos, como se quiera.

La primera estrofa se publicó en este mismo sitio el 19 de enero de este año bajo el título de And the winner is… Reproduzco: “La historia de esa premiación es una colección divertida de anécdotas, fábulas, mentiras, chismes y lugares comunes. La leyenda urbana cuenta que para diseñar la estatuilla que representa esa distinción, su diseñador, el director artístico de la Metro Cedric Gibbons, y su realizador, el escultor George Stanley, tomaron como modelo el cuerpo desnudo de Emilio El Indio Fernández en sus tiempos de mojarra desempleada en Los Ángeles”.

En el mismo texto publicado, más adelante: “En el libreto de la ceremonia del Oscar está perfectamente programado el momento en que se pronuncia la frase ‘And the winner is…’ en cada categoría. A veces hay sorpresas, pero las revelaciones obedecen a las tendencias que han sido marcadas por los Golden Globes, premios que da antes la prensa especializada, los People World Awards, que son una especie de plebiscito, y los pronósticos de los columnistas especializados. Detrás de todo esto está el dinero: los premios Oscar son simplemente un motor más para impulsar la taquilla de las cintas que no han tenido presupuesto para publicidad”. El subrayado es de su charro cantor.

Acto secondo: la ceremonia del domingo en el teatro Dolby estuvo, como acostumbran los gringos del espectáculo, perfectamente diseñada, con un lay down revisado 50 veces y con un libreto infalible, incluyendo la supuesta entrada de pasajeros del Turibús que no sabían a dónde iban a entrar. Mi lamento aquí es que algunos medios sigan considerando a los televidentes como seres humanos de segunda. En lugar de dejar fluir el evento con su perfecto script y buena realización, insisten en poner a conductores que piensan que sus opiniones y preferencias sobre los nominados a los premios son más importantes que lo que dice el audio original.

Tercer tercio. Todo iba perfectamente bien. La ceremonia más importante para el cine comercial del mundo entero se había, previsiblemente, convertido en un mundialmente aplaudido acto de la comunidad hollywoodense en contra de Donald Trump y su política excluyente a carta cabal. Gael García Bernal se había pronunciado en contra del muro, el director de la película extranjera galardonada no asistió a la fiesta en protesta porque su país está en la lista de los segregados migratorios; Meryl Streep, a quien Trump calificó hace semanas como una sobrevaluada, fue la estrella. Los negros —y las negras de la NASA— fueron reconocidos. Era una fiesta perfecta del antitrumpismo del cine de Estados Unidos. Y de repente, en el pináculo de la ceremonia, en el momento de pronunciar el nombre de la mejor película “del mundo” en 2016, sucede lo impredecible, lo inimaginable, lo imposible.

Warren Beatty y Faye Dunaway, su pareja en Bonnie and Clyde de 1967, equivocaron la lectura de los papeles que tenían en sus manos y proclamaron ganadora a La La Land, la favorita. Se armó el escándalo para aclarar que la película ganadora era Moonlight. Los sobres rojos —eran dos— cambiaron de manos hasta que alguien aclaró que no era así, sino era asá.

En 17 minutos, lo que había sido una manifestación de Hollywood en contra de Donald Trump y su intolerancia, se convirtió en un acto de desprestigio —pero sobre todo de distracción— para la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos y para el respeto y la seriedad de unos premios que, como se dijo líneas más arriba, no son más que herramientas de mercado para la taquilla.

Esta vez, el ganador es Trump. Logró, de alguna manera, desarticular una manifestación mundial en su contra por el camino de la distracción. Nadie, en el mundo, cree que un evento tan costoso y tan elaborado pueda tener una falla de este tamaño en la entrega de un par de pinches sobres sin que exista una mano negra en el proceso.

Toda sospecha es bienvenida.