La Carpeta:
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Debo confesar que el evento cubría un manto de misterio y morbosidad dado a que existe el erróneo argumento de que las relaciones entre el Ejecutivo y Legislativo no eran cordiales, así es que muchos de los que estuvieron presentes esperaban el momento en que se desbordaran las pasiones y salieran a relucir los fierros como queriendo pelear.
Chava Portillo
febrero 2, 2018, 6:04 am

Tuve harta curiosidad y nostalgia de regresar al Congreso al que no me paraba desde hace quince años y ante invitación formal me di la vuelta para estar presente en la apertura de los últimos períodos de la actual Legislatura habiendo invitado al gobernador Manuel González como testigo de honor.

Debo confesar que el evento  cubría un manto de misterio y morbosidad dado a que existe el erróneo argumento de que las relaciones entre el Ejecutivo y Legislativo no eran cordiales, así es que muchos de los que estuvieron presentes esperaban el momento en que se desbordaran las pasiones y salieran a relucir los fierros como queriendo pelear.

Nada de eso, los Legisladores tendieron la mano y no el puño, el gobernador regresó el cumplido utilizando la tribuna de la elocuencia refrendando las buenas relaciones que  algunos de mala entraña se obstinaban en amarrar navajas. Vámonos a los hechos: la puntualidad que es virtud de gente educada no se les da a los diputados que habiendo convocado a las 11 de la mañana arrancaron cuando se les vino en gana.

La ensalada de los platos en lo que refiere orden del día, lectura del acta anterior para su aprobación se fue sin aspavientos, la comisión que recibiría al invitado se nombró y el mensaje de Karina Barrón se dio como dicen los cursis: sin pena ni gloria hasta que llegaron los posicionamientos de las bancadas y ahí fue donde la puerca torció el rabo.

Queda claro que la tribuna quedó muy grande a los oradores hasta cuando llegó Samuel García que naufragó en un mar de inconsistencias, absurdos, con una retórica de puberto, sin pies ni cabeza, rematando lo que ha sido su distintivo hace un par de semanas, presumir al hijo de Luis Donaldo Colosio y al de Agustín Basave que a fuerza quiere hacer sentir que son la última limonada en la tormenta en el desierto.

Samuelito alias el pollo loco, se desparramó en un discurso que carecía de pies y cabeza al igual que sus compañeros diputados que empiezan hablando de empanadas y terminan hablando de hamburguesas, sin filosofía, calicatencia, similicutancia y periposperria, sin saber de dónde salieron y sin saber a dónde van, dando tumbos y traspiés como palos de ciego y con la única consigna de demostrar al público presente que son muy machos, que se las comen vivas y las zurran muertas.

Llegó el turno a la manzanita Arturo Salinas del partido azul celeste y adoptando el papel de profesor de secundaria de Perros Bravos refirió a la isla de Itaca presumiendo una comparativa ramplona y divertida buscando hilaridad entre los invitados y que solo logró arrancar sonrisas cuando hizo una retrospectiva de Poseidón la tormenta que agraciadamente andaba en campaña haciendo referencia obvia del bronco Heliodoro. Hasta ahí, todo bien.

Llegó el turno de Manuel González que quieran o no reconocer muchos de los que estábamos presentes, nos quitamos el sombrero por la pieza de oratoria ahí vertida y si tiene alguna duda con relación a mis elogios pidan una copia al Congreso o consulten en las redes sociales y podrán dar aval a mi argumento.

Bien hilado, con mesura, ritmo y fonética adecuada, buen tamaño, quedando al dedo los tres consejos para los que disertan ante el público: párate derecho para que te vean, habla claro para que te entiendan… y sé breve para que te aplaudan. Y a González le aplaudieron puestos de pie, curiosamente los diputados.

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