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Ni en privado ni en público recuerdo a un alto mando de las Fuerzas Armadas de mi país pronunciarse por una legalización de cualquier droga, mucho menos del cultivo de la amapola, así sea para uso científico y medicinal. Resulta totalmente ilógico.
FELIX CORTES CAMARILLO
octubre 9, 2018, 8:53 am

Amapola, lindísima amapola.

Ni en privado ni en público recuerdo a un alto mando de las Fuerzas Armadas de mi país pronunciarse por una legalización de cualquier droga, mucho menos del cultivo de la amapola, así sea para uso científico y medicinal. Resulta totalmente ilógico. El consumo de la juanita en México, muchos años antes de que fuera simplemente un producto de exportación rumbo al norte, sin que aquí tuviese aficionados, era prácticamente exclusivo de los sardos, que así llamábamos a la tropa en recuerdo de una Regia Armata Sarda, que fue el más importante ejército de lo que luego iba a ser Italia desde 1416 hasta 1861, primero bajo el mando del ducado de Saboya y luego del reino de Cerdeña. Nuestros soldados, pobres y solos, se evadían de la triste realidad como cualquier adicto.

A raíz de las restricciones fronterizas de hace veinte años, mucha de la mariguana que iba a pasar el río Bravo se quedó, lamentablemente, en casa. Y en casa encontró un sector de población joven que quería parecer ser gringa y comenzó a tronárselas. Desde entonces, el negocio de la cannabis para exportación decreció y el consumo doméstico se incrementó. Las mujeres comenzaron a probarla y, como sucede con frecuencia, arrastraron a sus parejas al vicio.

Pero la mariguana también dejó de ser regia. Los consumidores norteamericanos pasaron lentamente a las drogas químicas. Volaban por el espacio sideral gracias al LSD; pasaron un plazo breve por el peyote hasta que se dieron cuenta de que el cristal era potencialmente mortal.

Pero desde entonces, la droga favorita de Manhattan son los opiáceos. Derivados de la goma que se obtiene, laboriosamente, rasgando el bulbo de la amapola que se aloja debajo de su hermosa flor, como se obtiene también la morfina, el mejor freno al dolor extremo que precede a la muerte. El general Salvador Cienfuegos, quien muy pronto va a entregar su oficina de secretario de la Defensa Nacional, abiertamente expuso que una de las maneras de disminuir la violencia desatada en el centro-sur de nuestro país es legitimar el cultivo de la amapola. Si su fin fuese la ciencia y la medicina.

Hoy en día, los opiáceos son la evasión favorita de los drogadictos gringos. Ni son tan fáciles de comprar como la mota ni tan baratos. Hay mucho más difíciles vías de obtenerlos. Un médico cómplice, que otorgue una receta médica, o en el mercado. Pero eso es más complicado. Es mejor ir con los negros.

Tiene toda la razón el señor secretario y más de una vez se ha dicho aquí: Los jodidos campesinos de la sierra de Guerrero, donde se da magistralmente la amapola, cobran cualquier miseria por cien gramos de goma. Si en lugar de que se los compren los narcos, se los compra dignamente el Estado mexicano para convertirlos en medicamentos analgésicos potentes, podemos avanzar un tramo.

Ni el IMSS ni el ISSSTE ni el Seguro Popular tienen en su bodega suficiente morfina para aliviar los dolores enormes que conlleva la agonía de los males grandes. La posición del secretario de la Defensa abre una puerta que debiera ser seguida por otros.