La Carpeta:
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En las cárceles, para escoger, hay camas de piedra, de paja, de algodón y de alto confort. Bastaría con preguntarle a El Chapo Guzmán.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 10, 2018, 7:11 am

El 25 de marzo de 1978, el ingeniero Eugenio Méndez Docurro, quien había sido director del Politécnico y secretario de Comunicaciones y Transportes, fue declarado formalmente preso por delitos diversos de orden pecuniario; 16 días más tarde, el director de Telecomunicaciones de la SCT, Clemente Pérez Correa, emitió un documento diciendo que Méndez Docurro había restituido a la secretaría los 400 mil dólares de los que había mal dispuesto, y que, por tanto, no había queja. Así se logró la libertad del ingeniero.

Lo que nunca sabremos es cómo se obtuvo su encarcelamiento. De él o de otros. En el caso de Méndez Docurro, dice la leyenda urbana que ordenaba que le enviaran arreglos florales a alguna dama, y que el personal de su oficina creyó más que lógico que esos gastos se cargaran al erario. Puede ser falso: ni en mis más boyantes tiempos mandaba yo 400 mil dólares de flores a mis amadas. Lo cierto es que, perteneciendo a la burocracia mexicana, si alguien en el poder quiere encontrar una cola que pisarte, la encontrará. Ya después, los de la dirección jurídica se encargarán de darle respaldo al hecho.

En 1984, el presidente Miguel de la Madrid mandó traer desde Puerto Rico al “general” Arturo Durazo y lo metió al bote por contrabando, abuso de autoridad y acopio de armas; habiendo sido el jefe de la policía de la ciudad capital, el último cargo era ridículo. Más bien, debieron haberlo metido por el mal gusto del mausoleo que se mandó construir en Zihuatanejo, el llamado “Partenón”, que domina la vista sobre la playa de Las Gatas.

Por acopio de armas fue encarcelado el 10 de enero de 1989 en su casa de Ciudad Madero, Tamaulipas, Joaquín Hernández Galicia, llamado La Quina, quien tuvo la osadía de decirle a Carlos Salinas de Gortari “usted no es nuestro candidato”.

Cuento todo esto porque los presidentes de nuestro país, permanentemente necesitados de legitimación, suelen encontrar presos cómodos para la exposición mediática, como lo fueron en su momento Méndez Docurro, El Negro Durazo, Hernández Galicia y muchos otros, incluyendo a Díaz Serrano y al propio hermano de Salinas de Gortari, Raúl.

Tal fue el caso de Elba Esther Gordillo. El presidente Peña Nieto necesitaba un chivo expiatorio y la dirigente del mayor sindicato del continente era propicia; se le aprehendió en el aeropuerto de Toluca, cuando llegaba de San Diego, y se le encarceló con moderación; la mayor parte de su reclusión la pasó en la enfermería de la cárcel femenil de Tepepan, en hospitales privados y, finalmente y a rejego, en prisión domiciliaria. Aunque la cárcel sea de oro, no deja de ser prisión.

Cinco años y medio se la pasó la maestra Gordillo en la condición de delincuente. Nunca abrió la boca para denunciar lo que, a todas luces, era una injusticia y una venganza política. De golpe y porrazo, el Ministerio Público se dio cuenta de que no había sustentado bien la causa por desfalco y mal uso de los dineros del sindicato de maestros. De golpe y porrazo, la maestra Gordillo fue puesta en libertad la madrugada de anteayer. Precisamente, la mañana en que Andrés Manuel López Obrador recibió la licencia oficial para manejar este país. En política no hay casualidades.

En las cárceles, para escoger, hay camas de piedra, de paja, de algodón y de alto confort. Bastaría con preguntarle a El Chapo Guzmán.

Ahora, la que va a contar cosas muy interesantes sobre su prisión, es la maestra Elba Esther.