La Carpeta:
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El gobernador y sus principales colaboradores deben medir muy bien lo que pretenden hacer en esta materia, porque por trivial que parezca, en ella reside en buena medida la efectividad y sobre todo la percepción ciudadana sobre la seguridad.
Francisco Tijerina
agosto 1, 2016, 3:59 am

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“Tal vez sea la propia simplicidad del asunto lo que nos conduce al error”. // Edgar Allan Poe

“Errar es de humanos”, dice el refrán, pero equivocarse dos veces el mismo día y las dos en un tema delicado es preocupante.

De un tiempo a la fecha los índices de inseguridad han ido en ascenso en el área metropolitana, lo percibimos todos y lo reafirman los números; no son los robos a casa habitación ni los “cristalazos” los que preocupan, son los secuestros y las ejecuciones que a diario vemos se dan por todos los rumbos de la ciudad.

Por principio, negar las cosas no es resolverlas ni atenderlas. Se equivoca el general secretario de Seguridad Pública, Cuauhtémoc Antúnez, al minimizar los hechos y afirmar que no estamos en los niveles de otras épocas; no es esa la respuesta que la sociedad espera del hombre encargado de su seguridad, como tampoco los débiles argumentos que esgrimió el fin de semana anterior para justificar los pobres resultados del área a su cargo y los cuestionamientos de las organizaciones civiles y empresariales.

La sociedad busca respuestas, no explicaciones.

No es válido tampoco el argumento del gobernador Rodríguez Calderón cuando culpa a los padres de familia de la inseguridad diciendo que no están educando bien a sus hijos, para luego reafirmar la respuesta de su encargado de seguridad diciendo que aún salimos a las calles, vamos a los centros comerciales y los restaurantes. Una doble negación a un mismo hecho.

El otro error es también del gobernador. Pretender cambiar la imagen de Fuerza Civil es una altísima apuesta con todas las de perder.

El transformarlos de los simples “cachuchones” o policías de barrio como los conocíamos anteriormente cuando eran parte de Seguridad Pública del Estado y que no tenían gran diferencia de los uniformados municipales, costó un enorme esfuerzo de la iniciativa privada y del gobierno en respuesta a una demanda clarísima de resolver un problema grave.

La confianza de los ciudadanos no se gana con una policía más cercana como asegura el gobernador, se obtiene con una policía con mejores resultados; no se trata de una policía más amable, porque visto está, fue ese cambio de imagen, protocolos y procedimientos, el que permitió el cambio real de nuestro cuerpo de seguridad y la transformación de las cosas.

Un viejo adagio sentencia: “Si las cosas están bien, ¿para qué cambiarlas?”

No es con un nuevo uniforme como se transformará la policía; el negro de sus atuendos, caluroso tal vez, pero solemne y riguroso, impone respeto y si vestidos así están subiendo los niveles de inseguridad, ¿qué ocurrirá si los visten de morado?

Hay temas en los que no son viables las ocurrencias del momento y este es uno de ellos. El gobernador y sus principales colaboradores deben medir muy bien lo que pretenden hacer en esta materia, porque por trivial que parezca, en ella reside en buena medida la efectividad y sobre todo la percepción ciudadana sobre la seguridad.

Van dos errores juntos, ¿llegarán al tercero?