La Carpeta:
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Ahora, es muy fácil decir, como yo lo hago, que Marco es un loquito. Cuando nuestra policía, nuestra autoridad, nuestro sistema judicial, nuestros medios de comunicación, carecen de cordura. ¿No será que todos nosotros andamos un poco mal de la azotea?
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 31, 2018, 4:32 am

Normalmente, de las cosas que más nos informan, son de las que menos sabemos. Una semana entera los mexicanos hemos estado pendientes por todos los medios de comunicación del destino de Marco Antonio Sánchez Flores, un chavo de 17 años que un día desapareció de la ciudad capital luego de pasar por las manos de unos policías para aparecer cinco días más tarde en el Estado de México luego de pasar, nuevamente, por las manos de otros policías, al caminar errabundo por alguna de sus calles.

Hasta aquí es lo que yo sabía ayer por la mañana.

Por la tarde ya me enteré que el chavo había sido recapturado y entregado al Hospital Psiquiátrico Infantil Dr. Juan N. Navarro que emitió de él una “hoja de referencia” en la que se asienta que el joven muestra un cuadro de “delirio mixto”, que es irritable y que con fluctuaciones de un estado de alerta tiene un “discurso desorganizado”.

Traducido al cristiano, según nos enseñaron las películas gringas de los cincuenta, no reconoce ni dónde está ni la fecha o al Presidente de la República. Vamos, que no sabe quién es. A mayor abundamiento, la escasa información dice que cuando su padre fue por él lo agredió a golpes. Y dice su primo Raúl Martínez Sánchez que ni a su madre reconoce. Pero eso es chisme.

La autoridad rechaza la sustentable suposición de que este muchacho haya sido maltratado a golpes por la policía de ambas entidades —la CDMX y el Estado de México—, simplemente porque las heridas que muestra en su rostro y cuerpo no son de las que ponen en peligro la vida o tardan más de 15 días en sanar. Conste, que el abuso policial debe dejar heridas graves, permanentes y, eventualmente, mortales.

Pero queda en misterio lo que pasó con este muchacho durante cinco días. Nadie sabe dónde andaba hasta que se le ocurrió volver. Hay muy pocas cosas claras, precisamente, porque se han dicho muchas cosas sobre el asunto. Marco Antonio, como decían en mi pueblo, está loquito. O, como dice mi mujer, no está completo.

El asunto no es ése. El tema es que desde Miguel Ángel Mancera, gobernador de nuestra capital inmensa —condolencias por el fallecimiento de su señora madre— hasta el último de sus funcionarios han tenido que ocuparse del destino errante de este joven explícitamente, como si no hubiera tantos jóvenes vagabundos.

El asunto es que Marco Antonio se convirtió en un asunto mediático, por lo tanto, político. En este tiempo todo es político, lo inauguró en la Feria del Libro de Guadalajara el presidente Peña, lo incrementó don Aurelio Nuño cuando confesó que no sabía “ler” y lo ratificó el candidato Meade, que ya había “resolvido” un par de cosas. Claro que esto es político.

Ningún chavo desaparecido a manos de cualquier policía, cosa que sucede diariamente, ha podido convocar a tres centenas de acarreados con cartulinas —una decía “pena de muerte a los policías”— al monumento al Ángel de la Independencia de manera espontánea. No hay adolescente que entre a un OXXO pidiendo comida sin llamar la atención. Alguien nos está tratando de jugar el dedo en la boca. Eso querían decir nuestras abuelas cuando decían que nos daban atole con el dedo. Sabemos demasiado poco del caso de Marco Antonio Sánchez Flores. Probablemente, hay mucho que esconder.

Ahora, es muy fácil decir, como yo lo hago, que Marco es un loquito. Cuando nuestra policía, nuestra autoridad, nuestro sistema judicial, nuestros medios de comunicación, carecen de cordura. ¿No será que todos nosotros andamos un poco mal de la azotea?

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