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John preparaba todo meticulosamente, el profundo sótano ocultaba todos los preparativos, las gruesas paredes silenciarían cualquier escándalo y la humedad vencería todo aroma que quisiera llegar hasta la superficie.
Staff
febrero 28, 2015, 8:27 am

Por Ricardo Ham

EL UNIVERSAL

John George Haigh “derritió” los restos de mujeres a las que robó su dinero tras con quistar su corazón.

John preparaba todo meticulosamente, el profundo sótano ocultaba todos los preparativos, las gruesas paredes silenciarían cualquier escándalo y la humedad vencería todo aroma que quisiera llegar hasta la superficie.

Los gigantescos barriles presenciaban en silencio la misma escena noche tras noche, la mezcla química despertaba mortíferos gases que solo un experto podría manejar. Todo estaba en orden, John se alistó, dejó lo último de su esfuerzo físico para cargar el cuerpo e introducirlo lentamente en el ácido, la cantidad exacta para derretir cualquier resto humano, para eliminar cualquier prueba que pudiera inculpar a John Haigh de los nueve homicidios que cometió en la década de los años 40.

Modo de vida

El número 79 de la Avenida Glocaster fue el laboratorio y escondite del asesino en serie británico John George Haigh. Acostumbrado a la buena vida, pero no al trabajo, Haigh mantuvo como su modus vivendi el robo y estafa a mujeres solas que conocía y enamoraba mediante engaños y falsas poses de caballero inglés. Cuando las desafortunadas confiaban más en sus sentimientos que en su sentido común, John simplemente las despojaba de todas sus pertenencias para empeñarlas y malbaratarlas en sitios de mala muerte y dudosa honorabilidad.

No todas las víctimas defraudadas por Haigh se conformaban con liberarse del vividor de Glocaster. Las que le exigieron sus joyas y dinero eran citadas en la zona de confort del homicida donde eran asesinadas y eliminadas de la faz de la tierra con ayuda de grandes recipientes de ácido donde los cuerpos eran arrojados y mantenidos ahí hasta su desintegración.

Sin embargo, Haigh no se limitaba sólo a desintegrar a sus víctimas, sino que antes se daba tiempo para cortarlas por la garganta y beber una pequeña cantidad de su sangre, no demasiada, pues su formalidad inglesa le impedía parecer un adicto vicioso, sólo la necesaria para saciar su curiosidad por el sabor de la sangre humana.

Pero Haigh no perfeccionó su técnica, algunos restos y un diente con pequeñas piezas de oro de su última víctima delataron al vampiro británico, Scotland Yard descubrió el modus operandi y Haigh fue sentenciado a morir en la horca el 6 de agosto de 1949.

El mismo John Haigh confesaría antes de ser ejecutado: “No es posible, mis nueve delitos deben tener explicación en algún lugar fuera de nuestro mundo terreno. No es posible que sean absurdamente sólo el sueño de un demente lleno de rumores y de furia”.

Los datos

* 9 mujeres mató John George debido a que le reclamaron por estafarlas, también desintegró sus restos.

* 40 años tenía cuando lo ejecutaron después de confesar sus crímenes.