La Carpeta:
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Busca doña Soledad a su bailarín en el Mandela, para que una noche de tantas, le pague el caballito doble de tequila y la saque a bailar en el más oscuro rincón.
Eloy Garza
julio 11, 2018, 6:23 am

No hay mujer más vieja que llegue al Mandela que doña Soledad. Tiene todos los años del mundo y unos pocos más. Mira a los bailarines en la pista de baile como esperando a uno especialmente. Y aguarda hasta el infinito con un tequila blanco, doble, en un caballito percherón y un platito con sal y limones en rodajas.

Media mareada, con los cachetes hinchados y rubicundos, suelta la lengua, porque en su casa su hija y su nieta adolescente se la cosen con hilos de indiferencia. Y ella teje en su rincón un eterno bordado en punto de cruz, así, para un lado y para el otro, con el silencio de los viejos ensimismados, que nomás escuchan a su alrededor.

Doña Soledad se toma chiquiteando su tequila doble, o sea, a besitos, mientras deja de buscar a su bailarín perdido. Yo la veo delirar como todas las enamoradas y le pregunto si el tequila doble me lo pagará ella o el bailarín de sus quimeras. “Esté me lo pago yo” dice orgullosa, brindando con el caballito percherón.

Luego, me dice que su hija adolescente celaba a su nieta, día y noche sin cesar, ¿a dónde vas con esa falda rabona? ¿Con quién así tan escotada? Duro que dale. Hasta que un buen día, la niña llegó a su casa preñada. Y la madre montó en cólera. Se desataron los diablos alrededor de doña Soledad y su bordado. “Fue seguramente tu amigo, el bailarín de salsa” gritaba la madre y escrutaba con asco a su hija ultrajada. “Ese vago con el que salías a escondidas a bailar”. Y la hija recibía la andanada de golpes y cachetadas, tirada en el suelo, protegiéndose con las manos la panza.

Entonces me cuenta doña Soledad, embargada de tequila, que dejó el bordado en punta de cruz, y atravesó por primera vez, con la voz susurrante, la cólera de la agresora: “hija mía, ¿y quién crees que fue tu padre sino un bailarín sin oficio ni beneficio que me enamoró como pendeja y luego me dejó?”. Siempre había creído la hija que su padre se había casado con su madre, antes de morir muy joven, de una misteriosa afección. Y dejó de golpear a la niña, vacilante, desconcertadamente muda. Horas más tarde, le pidió perdón y la abrazó.

Esa noche le invité los tragos de tequila a doña Soledad, por su nieta que pronto parirá un pequeño bailarín, y por el amante que ella busca cada noche en el Mandela. “No te equivoques”, me cortó la mujer entequilada, “yo me casé de blanco, y tuve mi esposo como el único hombre de mi vida, pero ¿a poco no quisiera toda mujer en sus sueños tener un bailarín de salsa que la apapache un rato, y la preñe de felicidad como a mi nieta?”.

Busca doña Soledad a su bailarín en el Mandela, para que una noche de tantas, le pague el caballito doble de tequila y la saque a bailar en el más oscuro rincón.