La Carpeta:
1 de 10
 
Cuando a un adolescente se le juzga públicamente por no haber ido a la escuela y delinquir, habría que pensar en las oportunidades que no tuvo para vivir una vida larga, digna y potenciar sus capacidades, evitando un final lamentable. Así, no tuvo las condiciones para hacer lo que él más valoraba.
Eloy Garza
mayo 3, 2018, 7:53 am

Hasta los años 90, la medición de la pobreza de un país fue muy simple: a grandes rasgos, se contaba el número de bienes que tenía una familia, se sumaban las de toda la población y se sacaba una media. Los programas sociales se enfocaban de manera utilitaria: si pocas familias tenían bicicleta, el Estado tenía que suministrar bicicletas (por cierto, no a los más miserables, sino a las familias que podían formar parte de la estadísticas favorables para el gobierno).

Después de los 90, el enfoque cambió. No era claro que una familia se beneficiara de una bicicleta, si ninguno de sus miembros sabía conducirla. O peor aún: si el padre de familia usaba la bicicleta para irse a la cantina a emborrachar. La erradicación de la pobreza ya no apuntó sólo a mejorar el ingreso de los 53.4 millones de pobres, o los 9.4 millones en pobreza extrema, sino a mejorar el desarrollo humano, de cada persona, de cada miembro de la familia y buscar su bienestar. El enfoque ahora era mejorar las capacidades individuales y las funcionalidades, porque ahora se sabe que la pobreza es multidimensional.

Sigamos con el ejemplo de la bicicleta: no basta con que un mexicano sea dueño de una bicicleta, debe tener la suficiente destreza para usarla y luego desplazarse, moverse con ella. A lo primero se le llama capacidad, a los segundo, funcionalidad. El Índice de Desarrollo Humano por país, mide no las bicicletas, sino la capacidad de usarlas; mide no solo cuántos mexicanos tienen casa, sino cuántas de esas casas son verdaderamente espacios de bienestar; es decir, el IDH mide otras cosas más allá de lo material: la esperanza de vida, la educación que se recibe, incluso los deseos personales y los valores de convivencia social. Bienes no materiales, combinación de posibilidades que forman la libertad individual más allá del ingreso per capita. De nada sirve, por ejemplo, cubrir de aulas educativas el territorio nacional si 59.9 % de esas aulas están en pésimas condiciones.

Cuando las personas no tienen condiciones de desarrollar sus capacidades, ocurre el fenómeno de “preferencia adaptativa”. Si por las condiciones sociales adversas no tuvieron oportunidad de recibir una educación mínima, a fin de no exponerse no buscarán un empleo bien remunerado, no buscarán desempeñarse en una profesión y preferirán empleos informales, mal pagado o entrarán abiertamente en la delincuencia. Esto es, sus preferencias estarán muy limitadas, muy restringidas.

Cuando a un adolescente se le juzga públicamente por no haber ido a la escuela y delinquir, habría que pensar en las oportunidades que no tuvo para vivir una vida larga, digna y potenciar sus capacidades, evitando un final lamentable. Así, no tuvo las condiciones para hacer lo que él más valoraba. En otras palabras, este adolescente no pudo rebasar la brecha de pobreza y eso le restó libertad de elegir entre alternativas. Fue más víctima que culpable.