La Carpeta:
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Después de ver, escuchar y leer diversas opiniones sobre el debate de este domingo, me doy cuenta de que casi nadie ha puesto atención en el lenguaje oculto de la actitud corporal de los participantes.
Francisco Tijerina
junio 11, 2012, 10:08 am

Después de ver, escuchar y leer diversas opiniones sobre el debate de este domingo, me doy cuenta de que casi nadie ha puesto atención en el lenguaje oculto de la actitud corporal de los participantes.

Poco en realidad fue lo que los cuatro candidatos utilizaron sus manos para enfatizar sus ideas y propuestas; por momentos demasiado serios, acartonados, intentaban hablarle a la cámara y ninguno se apreció relajado en ningún instante.

Josefina Vázquez Mota acudió al set a pelear y pelearse, pero por momentos recordaba que su mejor imagen es cuando aparece en tres cuartos por lo que adelantaba un poco más uno de sus hombros e intentaba sonreír. Mantuvo el defecto de ser demasiado asimétrica en el movimiento de sus brazos, hablaba, acusaba, pero por momentos a sus aseveraciones les faltaba contundencia producto del mono-tono que maneja en su modulación.

Enrique Peña Nieto se plantó como de costumbre, pulcro, bien peinado, si acaso con un bronceado que llamaba la atención, miró todo el tiempo a la cámara, pero trastabilló en un par de ocasiones por estar pendiente de no perder el hilo de los mensajes memorizados. Se excedió en la rigidez y fue el que peor empleó el recurso de los apoyos visuales al presentar tablas que eran apenas perceptibles a la cámara, cuando el resto ofreció gráficos más elocuentes y sobre todo comprensibles.

Andrés Manuel estaba ahí, pero pareciera que ocupaba otro sitio en el tiempo y el espacio y todo por una extraña actitud de no mirar nunca de frente a la cámara. López Obrador se centró en poner atención al moderador y era a él y no los mexicanos, a quien dirigía sus mensajes. En esta ocasión privilegió el mensaje por encima de la pirotecnia, se vio pausado y tranquilo, en ocasiones tanto que parecía cansado y abatido.

Quadri, con poco qué perder, se la pasó haciendo propuestas de nuevas instituciones, pero a su discurso le hizo falta el énfasis necesario de la reafirmación corporal. Demasiado estático y por momentos con un rostro inexpresivo, perdió la frescura del encuentro anterior.

El hubiera no existe, pero cuando se trata de este tipo de acontecimientos, no se puede dejar pasar el cuidado de la congruencia entre lo que se habla y la manera en la que el cuerpo emite mensajes a los receptores. Está visto que en el debate de ayer los asesores ponderaron los mensajes y la esgrima de la defensa por encima del lenguaje no verbal.