La Carpeta:
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No sé por qué, pero hasta yo lloré de puro pesar, impotencia o contagio de la pena circundante. “Híjole” sentenció un vecino, “se chingó la patria”.
Eloy Garza
enero 31, 2018, 6:24 pm

Yo fui testigo presencial de cómo se cayó la patria. Andaba vagando bajo la lluvia en el barrio de La Merced, y me sumé de gorrón al jolgorio de una viejita ataviada de china poblana, que cumplía años. Era dueña de una papelería como las hay muchas por ahí y la celebraban sus nietos con mariachi.

Para cubrirme de la lluvia me senté en una silla de aluminio justo enfrente de la festejada. Los pambazos salieron muy buenos, pero me gustó menos el mole de olla (quizá porque lo hacen de gallina, no de pollo). De remate, se llevaron en andas a la viejita en procesión por la calle Ramón Corona hasta la Plaza de La Aguilita. Llovía a cántaros.

Para quien no lo sepa, México nació en la Plaza de La Aguilita. Los aztecas vieron en una laguna un águila sobre un nopal, devorando una serpiente. Fue aquí mero, en el ombligo de la región más trasparente del aire, que ahora es el barrio bravo de La Merced, donde apareció en vivo lo que por más de un siglo sería el escudo nacional. Hasta que el muy pendejo presidente Fox le cortó las patas a la dichosa aguilita.

Varios burócratas levantaban un tinglado, al lado de la fuente donde se alza una columna que remata con una escultura del águila y la serpiente forjadas en bronce. “Aquí orinaba de joven mi abuelo paterno”, me confesó orgullosa la viejita que, para entonces, ya me creía su nieto. Su parentela le ayudaba a los burócratas a terminar de instalar el tinglado y unos toldos. “Es para una ceremonia cívica”, me aclaró la sobrina de la viejita, que para efectos prácticos, ya era mi tía.

De pronto, un travesaño de los toldos chocó contra el águila de bronce, que se precipitó al suelo, clavando su pico contra las baldosas. “Se cayó la patria”, gritó compungida la viejita. Los burócratas se miraron atónitos. Mi parentela la tomó en contra de ellos porque traspusieron muy campantes, como si nada, por la calle de Mesioneros, en el puente de curtidores.

Yo quise agarrar la patria entre mis brazos pero no me dejaron. Quedó tirada al lado de una jardinera. Los vecinos formaron un círculo en torno a ella. Una señora le aventó un mantel de plástico para taparla, como si fuera un cadáver.

Algunos entonaron letanías por el alma de la pobrecita muerta. No sé por qué, pero hasta yo lloré de puro pesar, impotencia o contagio de la pena circundante. “Híjole” sentenció un vecino, “se chingó la patria”.

Como quería bajarme el mole de olla que me había envarado, pregunté por una fonda. Allá nos fuimos los tres parientes de la viejita cumpleañera y un niño en brazos. Pedimos unas cervezas. “Por la patria”, dijo el dueño de la fonda y los demás alzamos las botellas, para brindar en su memoria.

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