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Lo que hasta ahora perfilan todos los estudios de opinión, el regreso del PRI a Los Pinos, es un desenlace que, más allá de sus profundos efectos socio-políticos, económicos y aún culturales, afectará severamente al titular del Poder Ejecutivo.
Staff
junio 21, 2012, 11:13 am

Alfonso Zárate

EL UNIVERSAL

Nunca nos derrotó la derrota, que no nos derrote ahora la victoria. / Luis H. Álvarez

Lo que hasta ahora perfilan todos los estudios de opinión, el regreso del PRI a Los Pinos, es un desenlace que, más allá de sus profundos efectos socio-políticos, económicos y aún culturales, afectará severamente al titular del Poder Ejecutivo.

Por su propia biografía —hijo de uno de los fundadores de Acción Nacional, el partido que nació en 1939 “para oponerse a los excesos del cardenismo”—, devolverle la Presidencia al partido que, en su visión, representa la corrupción y el autoritarismo, sería algo doloroso. Pero, además, sería una derrota íntima, personal, porque una elección es, de algún modo, un referéndum sobre el desempeño del gobierno que concluye.

La derrota del PAN en la elección presidencial, aderezada por el llamado de Vicente Fox a votar por el puntero y la decisión de Manuel Espino de sumarse a Peña, exhibiría el fracaso de un proyecto que se proponía instaurar la moralidad en el ejercicio del poder, significaría un descalabro mayor para los gobiernos de Acción Nacional y una experiencia frustrante, dolorosa, para millones de mexicanos que recibieron con entusiasmo la alternancia.

Primero fue la decepción foxiana: la frivolidad hecha gobierno: el toallagate, su gabinete de gerentes, la improvisación e inoperancia como sello de la casa, los “mapas mentales”, la inefable señora Martha y sus hijos, los muchachos Bribiesca, el despilfarro del bono democrático… Después vino el gobierno de los cuates, el desempeño mediocre de la economía y los nuevos ricos: esos jóvenes calderonistas que no resistieron las tentaciones del dinero fácil, del tráfico de influencias. Pero, sin asomo de duda, el tema mayor que hereda Calderón a una sociedad lastimada es el ascenso y la brutalidad de la delincuencia.

Calderón intentó imponerle a su partido al candidato presidencial, como ocurría en los días de la República priísta, pero fracasó. Quizás esto explique que en la primera etapa de la campaña, Josefina Vázquez Mota haya experimentado el desamparo.

Sin muchas ganas, Calderón rectificó. El 23 de febrero, poco antes del comienzo formal de las campañas, al acudir a una reunión “privada” con varios cientos de consejeros del Grupo Financiero Banamex, negó que la elección estuviera ya decidida y para probarlo presentó una encuesta que acercaba a Josefina a sólo cuatro puntos del puntero. Ante la impugnación promovida por el PRI y el PRD, el IFE declaró infundado el procedimiento especial sancionador. Pero el escándalo generado lo llevó a comprometerse a no intervenir en el proceso electoral.

Así lo hizo durante algunos meses, pero de pronto le ganaron las ansias. Su reacción a las cuentas (¿o cuentos?) de Andrés Manuel, quedó en un tuit al que siguieron los dichos de su secretario de Hacienda, Juan Antonio Meade: “un programa económico que descansa en la ficción es el principal ingrediente para la tragedia griega que hoy estamos viviendo”, la descalificación de Ernesto Cordero y el reto a los candidatos de Bruno Ferrari, el doctor en Derecho Canónico que se desempeña como secretario de Economía, a un debate económico… ¿o ecuménico?

Comparada con la de Fox, la intervención de Calderón es casi insignificante, pero aún así crispa y polariza a quienes, cosas de la vida, no se escandalizan por el abierto apoyo de los gobernadores a sus respectivos candidatos. Pero una pregunta surge: ¿sirve de algo en términos electorales la intromisión presidencial? En el caso de “la pareja presidencial” resultó contraproducente.

Para bien o para mal, lo cierto es que, después de dejar el poder, el PAN tendría que recoger la pedacería para luego emprender la tarea titánica de refundarse o refundirse, porque los derrotó la victoria.

El “cuchi-cuchi” en la antigüedad

“En la fiesta de Lenea, el 411, rió toda Atenas. Aristófanes presentó su obra maestra, Lisístrata, en la que describía la abierta rebelión de las mujeres. Las mujeres estaban tan cansadas de la guerra que hicieron la huelga de amor. ¡Se acabaron las caricias conyugales hasta que el mundo de los hombres estuviera en paz! La agudeza del genio puso al desnudo la causalidad sexual de los acontecimientos mundiales. La comedia hizo historia. El calvo y con él toda Atenas dijeron: ¡Paz, paz a cualquier precio!” (René Kraus, La vida privada y pública de Sócrates).