La Carpeta:
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Nuestros mejores hombres y mujeres andar por ahí, luchando por realizar sus sueños, esos que les impulsamos a formular, pero que un sistema de ejercicio del poder, represivo y vertical, les impide cumplir a cabalidad y obstaculiza su felicidad y progreso.
Carlos Chavarria
abril 17, 2018, 6:36 am

No bien empiezan  a mascullar sus primeras palabras y ya les  estamos enseñando a soñar a nuestros hijos.

Les enseñamos a soñar la moralidad, con el consabido  “si te portas, todo te irá bien en la vida”.

Los invitamos  a soñar con pertenecer a un mundo formado por gente preparada, al que ellos moldearán algún día: “ la juventud es el futuro de México”.

Les mostramos que el único camino posible es soñar con un mundo lleno de oportunidades, que están al alcance de la mano con “solo quererlo”.

Pero nunca les decimos que existe algo a lo que primero deben de vencer para siquiera estar cerca de cumplir sus sueños: “el poder”.

El primer contacto con el poder está en la familia. Los hijos quieren, pero solo los padres pueden y solo si ellos quieren entonces ellos pueden.

Después se enfrentan al poder de los demás que no son familia. Llegan a la escuela y ahí también está el poder de otros, pero nadie lo menciona como tal, sino con un mandamiento: “obedecerás”.

Ahora empieza la deconstrucción de los sueños que debías tener, aunque el poder se ejerza con o sin razón, y así empieza la contradicción primigenia de todos con el poder.

En la escuela básica les enseñamos a nuestros hijos todos lo mitos acerca de la patria y el poder, pero sin mencionar tal relación, como si ellos solos debieran poco a poco deducir que existe y aceptarla.

A fuerza de repetidas letanías los obligamos a soñar de nuevo y hasta que deseen ser presidente, soldado, policía, bombero, ingeniero, medico, etc., y alimentamos más sueños y minimizamos  la noción de poder, no les enseñamos a manejar su relación con el poder, aunque ahí esta siempre latente y la contradicción originaria aumenta.

La contradicción se desarrolla. Hay “buenos muchachos” o “rebeldes”, según asimiles las lecciones de relación con el poder y en este país aprendes pronto que al poder; en todos sus órdenes y formas, o se le obedece o se le engaña obedeciéndolo. La corrupción es el camino más fácil de vencer al poder, no el mejor, pero sí el más sencillo.

Ya listos salen a la vida de “adulto” y programados para lidiar con el poder, con sumisión y olvidos  ventajosos. Pero en México se aprende fácil que el poder no se ejerce en virtud del conocimiento, la lógica, la moral o la verdad que fue lo  que aprendiste a soñar; sino solo en consideración de las circunstancias y tangentes de quien lo ejerce.

En este momento es cuando aprenden nuestros hijos que querer no es poder, como el paradigma decía y se dividen en tres tipos de ciudadanos, los dóciles programados, los  navegantes, y los antisociales, según su capacidad para adaptarse a la sujeción del poder o reventarlo.

Es así, porque todos los sueños que les enseñamos a diseñar a nuestros hijos chocan con la realidad nauseabunda del poder en México, no solo en el gobierno, sino también en las escuelas, empresas, iglesias y todas las actividades sociales o comunitarias en las que participamos.

Toda la actividad  social en nuestro país  gira alrededor de una noción maloliente del poder, que todo lo corrompe, que todo lo contamina.

Entonces a nuestros hijos, ahora como ciudadanos, les damos el mito de una democracia electorera, pero inexistente en la toma de decisiones. Les enseñamos que pueden elegir al que tomará las decisiones, pero después todo es asunto del que ejercerá el poder que le dimos.

Se elige al jefe de grupo en la escuela, al de la sociedad de alumnos, al de la colonia, al del sindicato en la empresa, al alcalde, al gobernador, al diputado, al senador y al presidente, pero nuestros soñadores hijos que pronto descubren que elegir no significa mandar.

Todo el aparato “democrático” que empieza con la Carta Magna y se complementa con leyes y reglas, que le dicen a los que ejercen el poder lo que debe y no debe hacer  esta sometido siempre  a tensiones morales que siempre desembocan en las “rendijas” de la hermenéutica que “flexibilizan” las leyes en aras del poder.

¿Pero quién les dijo a los políticos que la Constitución esta sujeta a la interpretación por cualquiera?

Si nos apoyamos en los motivos de antiguos diseñadores originales de este país, ninguno de los actuales candidatos a la presidencia debería estar en tal posibilidad, por la simple y sencilla razón de que no son “nuestros mejores mexicanos”.

Nuestros mejores hombres y mujeres andar por ahí, luchando por  realizar sus sueños, esos que les impulsamos a formular, pero que un sistema de ejercicio del poder, represivo y vertical, les impide cumplir a cabalidad y obstaculiza su felicidad y progreso.