La Carpeta:
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Si se entiende el trasfondo, se evitará tomar literalmente estas medidas simbólicas de austeridad. Nunca faltará, eso sí, el periodista fifí que acuse a AMLO porque su catre no sea de ixtle, porque su hamaca sea tamaño familiar y su aposento de Palacio se ilumine con luz eléctrica y no con lámpara de queroseno.
Eloy Garza
septiembre 24, 2018, 9:05 am

Algunos periodistas fifís (entre quienes me incluyo), criticamos a AMLO por su extrema austeridad. Muchas veces hemos sentido exagerados y casi patéticos estos gestos de pobreza franciscana. Podríamos decir del próximo presidente de México que ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. A AMLO le basta con dormir en catre, descansar en hamaca, aguantar los retrasos en los aeropuertos por viajar en aerolíneas baratas (es un decir, porque a veces VivaAerobus cobra tarifas tan caras como Aeroméxico), y usar unos trajes flojos que le sientan mal, con pésima caída y pantalones con bastilla muy larga, que no son de su talla.

Yo me había sumado a esta andanada (o manada) de periodistas fifís, hasta que me llegó un libro casi clandestino (agotado en México por lo que tuve que leerlo en su versión inglesa), que cambió mi impresión personal sobre la austeridad más espartana que republicana de AMLO. El libro se titula Parasitism and Subversion: the Case of Latin America (1966) y su autor es Stanislav Andreski, un sociólogo británico-polaco que dio clases en la Universidad de Reading.

Andreski explica las maniobras de los gobernantes para exprimir recursos de la población. Describe cómo los mandatarios, sin excepción, obtuvieron sus cuantiosas fortunas personales y su forma de tejer redes de complicidad con su gabinete y los partidos que los auparon en el poder. Pero Andreski va más allá: demuestra que estos gobernantes solaparon la corrupción desde la punta a la base, dejando robar a ministros, magistrados, jueces, agentes del orden y en general a las clases dirigentes de mucho pelo y medio pelo. Así proliferó la venalidad, la venta de favores, el tráfico de influencias. No es que el sistema político tolere la corrupción: es que está fundado en la corrupción.

Los excesos y el derroche público se reflejan en la parafernalia del político frívolo: séquito de achichincles, ejército de guarros, Suburbans blindadas, trajes Brook Brothers, cenas en Maxim´s de París, shopping en Beverly Hills: "¿Qué toca hoy, ¿vieja o viaje?" preguntaba Adolfo López Mateos cuando despertaba en Los Pinos. Abel Quezada (de los rumbos de Comales, Tamaulipas, de donde soy) dibujaba a los políticos mexicanos con un anillo de diamante puesto en la nariz. Ante esta degeneración sistemática, la reputación del político, polaco o grillo, quedó seriamente dañada. A la larga, no se puede gobernar con tamaña losa de desprestigio en el lomo, como El Pípila.

A grandes problemas, remedios de nueva imagen, pensó AMLO, siempre a las vivas de lo que siente el pueblo (o sea, su audiencia), de lo que sufre la gente (o sea, sus fans), de lo que deberá cumplirle su gabinete (o sea, sus cuates). Por eso nuestro mandatario promete dormir en catre, descansar en hamaca, viajar en vuelos comerciales, vender el avión presidencial, salirse de Los Pinos para vivir en un rincón de Palacio Nacional.

Si se entiende el trasfondo, se evitará tomar literalmente estas medidas simbólicas de austeridad. Nunca faltará, eso sí, el periodista fifí que acuse a AMLO porque su catre no sea de ixtle, porque su hamaca sea tamaño familiar y su aposento de Palacio se ilumine con luz eléctrica y no con lámpara de queroseno.