La Carpeta:
1 de 10
 
Los ciudadanos, excepción hecha de los antisociales que se dedican al crimen organizado, hemos cumplido y el día de la votación mostramos que seguimos confiando en las instituciones, a pesar de que casi al 50% no le importó siquiera ir a votar.
Carlos Chavarria
julio 3, 2018, 10:56 am

Dos son los principios básicos que hacen que funcione un gobierno civil. El primero es el de la sujeción voluntaria de los ciudadanos a un grupo selecto, habida cuenta de que se espera que el gobierno que ellos encabecen se ocupe bien y con probidad de los asuntos que competen a todos.

El segundo, el de la prerrogativa del Poder Ejecutivo.  Al no ser posible legislarlo todo, la variabilidad y circunstancia de lo cotidiano se deja en manos de la habilidad y capacidad de gestión de los hombres que detentan las carteras de cada tipo de asuntos.

 El uso de la prerrogativa concedida es para que sucedan cosas buenas para todos y no para engañar y ofender la esperanza que se deposita en los funcionarios electos.

Los ciudadanos, excepción hecha de los antisociales que se dedican al crimen organizado, hemos cumplido y el día de la votación mostramos que seguimos confiando en las instituciones, a pesar de que casi al 50%  no le importó siquiera ir a votar.

La mayoría votó por la anti-lógica y escrito está, ni 10 mil ángeles del cielo lo podrían cambiar, el resto nos sometemos al veredicto de las urnas, todos en la creencia y esperanza de que se cumpla lo ofertado.

No votamos por un hombre, sino por lo que prometió y 53% ya decidieron que el país entero se la juegue con López Obrador, sin que sepamos a ciencia cierta que hará el mandatario en realidad para cumplir lo que la lógica  y circunstancias indica que no conseguirá.

El resultado electoral demuestra que los ciudadanos estamos cansados del abuso que han hecho los políticos y funcionarios públicos de la prerrogativa que les entregamos en el pasado.

Está claro que ya no se trata sólo de irla pasando. Se trata de acabar con los problemas, como el de la corrupción que ha contaminado todo. Se trata de reducir a lo tolerable y moral la desigualdad económica, sin destruir el patrimonio nacional.

Se trata de romper con un pasado abyecto y vergonzoso en el sector público y una sociedad acomodaticia y veleidosa así como de muy corta memoria que lo aguantó todo a cambio de que el régimen se hiciera de la “vista gorda” en cuanto a la ilegalidad de lo cotidiano que tanto practicamos y que constituye la causa raíz de la corrupción.

Pero tampoco se debe pretender repetir el ejercicio del encono discursivo que inspiró al voto popular triunfalista y soñador, con la intención de revivir falsos dilemas que la historia ya resolvió y superó, al amparo de proyectos que no son sino las mismas acostumbradas trampas dialécticas para el desarrollo  del país.