La Carpeta:
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A partir del primero de diciembre estaremos viviendo, de nuevo, una edición del presidencialismo.
FELIX CORTES CAMARILLO
julio 6, 2018, 9:31 am

…para que nunca se vaya de mí, para que nunca amanezca.

                Roberto Cantoral, El reloj

En el jolgorio mexicano de las elecciones del domingo pasado, resulta que nos encontramos dentro de una vieja película que se llama en el original Back to the Future, en donde se juega con la figura de que el tiempo es algo manejable, tan dócil que podemos adaptarlo a nuestros deseos.

Yo tengo la fortuna de poder recordar, en vivo, los tiempos en que el Presidente de la República era El señor Presidente y que todo lo que él deseaba se convertía en realidad. Se repetía en la cantina que mi querido papá frecuentaba el mal chiste: “¿Qué horas son?, las que usted diga, señor”.

Las que diga don Andrés, marca el reloj desde la medianoche del domingo pasado.

Desde luego que no cuestiono la legítima autoridad que Andrés Manuel ha adquirido luego de veinte años de brega casi cotidiana, combinada con el hartazgo en que nos ha sumido esa miserable mezcla de corrupción e ineficiencia que le dio al presidente electo su categoría.

Me dicen, ahora, que don Andrés viajará a mi tierra en un aurobús de Transportes del Norte y a Mérida por Viva Autobús. Si coincidimos en un viaje a la ONU, a lo mejor me toca de vecino de asiento. Yo ya no viajo en primera.

Pero de esto hablamos el lunes.

Hoy todos celebran el avance en el camino de la democracia que anda a gatas.

Nadie se da cuenta de que estamos retrocediendo a pie. A partir del primero de diciembre del primer día del próximo diciembre estaremos viviendo el inicio de un sexenio presidencialista.

Precisamente en el sitio en el que Gustavo Díaz Ordaz hizo el juramento, como lo había hecho antes don Adolfo y lo haría luego Luis Echeverría, de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ellas emanan estará don Andrés Manuel uno de estos días.

Enrique Krauze puso en letras lo que muchos mexicanos teníamos en el pensamiento: la democracia no puede —dijo Enrique NO debe— entregar el mando absoluto de un país a una sola persona.

Quien quiera que esa persona sea.

Los sorprendentes resultados de los comicios del primero de julio de este año no nos hacen ir hacia el futuro, vamos hacia el pasado, como en la película de marras. La mayoría de votos en la Cámara de Diputados o el Senado recibirá indicaciones desde la casa presidencial.

La oposición es inexistente: o lo será, digamos. Estaremos de nuevo en un país en el que lo que diga el señor Presidente es la verdad absoluta, así sea la hora, la seguridad, el hambre, la corrupción o la pobreza.

El reloj no se detiene, como soñó y escribió mi amigo y compañero de borracheras Roberto Cantoral.

Sólo esperemos, a contrario sensu, que sí amanezca.