La Carpeta:
1 de 10
 
Perder los privilegios es perderse, por eso la gran campaña por mantener los salarios, el soborno de las especializaciones, del profesionalismo de los funcionarios, de que no pueden vivir con tan poquito salario. ¿Y los mexicanos qué? Viven con salarios precarios y, aun así, sonríen y siguen siendo solidarios.
Jose Jaime Ruiz
septiembre 14, 2018, 9:07 am

Si la alta burocracia es tan eficiente, ¿por qué estamos tan jodidos? ¿Por qué cada generación incrementa los millones de pobres en el país? Hay una relación perversa transexenal entre la alta burocracia y los grandes empresarios. Hay una complicidad entre la clase política que asume la austeridad como una agresión económica. No se trata de salarios, se trata de tráfico de influencias, amiguismo, negocios compartidos.

La casa blanca ha sido el símbolo mayor de la corrupción en este sexenio. Será menor si se comprueban los negocios entrecruzados entre los secretarios de Enrique Peña Nieto y diversas empresas e instituciones. “Yo no firmé nada”, puede decir Rosario Robles, y todos y cada uno de los altos funcionarios.

No se requiere una investigación a fondo, nomás verificar dónde viven, cuántas propiedades tienen en México y el extranjero, cuántos carros, dónde residen los familiares tanto de funcionarios, congresistas y jueces. El nivel de vida, se comprobará, no corresponde con su salario ni con los puestos que han desempeñado. Tal vez haya personas honestas, tal vez, pero como en las loterías mínimas: rasca y huele.

¿Se puede vivir con 108 mil pesos al mes? Millones de familias quisieran ese salario. ¿Por qué nuestros nuevos diputados encabezados por Morena se hicieron pendejos y quisieron hacer tontos a los ciudadanos y se alejaron de la austeridad republicana? ¿Por qué en el Senado un tupper y no una bolsa de estraza como la que usan, todavía, los mexicanos? Engañabobos y populismo vil.

Decir una cosa y hacer otra, como llegar en bicicleta a la actividad legislativa. La foto y el video en los medios no anula lo esencial: la clase política sigue siendo la misma: corrupta, demagógica, altanera. Primero ellos y después, si acaso después, México. Por eso no alteran el dispendio, por eso no alteran los privilegios, por eso saquean, roban, trafican con influencias.

¿Qué ha cambiado después de las elecciones de julio? Nada. ¿Ajustes financieros y operacionales? Algo.

Perder los privilegios es perderse, por eso la gran campaña por mantener los salarios, el soborno de las especializaciones, del profesionalismo de los funcionarios, de que no pueden vivir con tan poquito salario. ¿Y los mexicanos qué? Viven con salarios precarios y, aun así, sonríen y siguen siendo solidarios.

El salario de los funcionarios es una trampa, no viven del salario, aunque disfrutan de sus privilegios, viven de la corrupción, de la impunidad, del que no transa no avanza, del tráfico de influencias. Es ahí donde reside su confort, sus viajes, sus yates, los conflictos de interés, “la propiedad privada de las funciones públicas”, lo publicó hace bastantes años Gabriel Zaid.

“Un presidente que haya firmado de antemano y públicamente su renuncia a la impunidad en lo patrimonial, sabrá perfectamente que habrá roto la tradición y que no podrá esperar protección del sucesor. Una sociedad que haya obligado a su futuro presidente a poner la muestra, renunciando a la impunidad, habrá impuesto desde abajo su propia modernidad: el principio de un poder sujeto a rendir cuentas”.

Enrique Peña Nieto no ha renunciado por sí mismo a la impunidad, inclusive Andrés Manuel López Obrador ya lo cubrió con el manto impune. Para el futuro, el tema no es el salario del miedo, el tema es el uso y costumbre de la corrupción y de la impunidad. Cualquiera se puede ajustar a un salario de 108 mil pesos al mes. No cualquiera se ajusta al fin de la corrupción y al fin de la impunidad.