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La ley tiene prohibido a los oficiales recibir regalos de un valor mayor de veinte dólares, no más de cincuenta dólares de una misma fuente en un año.
FELIX CORTES CAMARILLO
febrero 2, 2018, 8:08 am

Para todos aquellos santurrones que hacen cruces cada vez que alguna estadística ominosa —nadie dice que falsa— coloca a México entre los países más corruptos del mundo, recomiendo la lectura del reportaje publicado ayer por The Washington Post, producto, sin duda, de una larga investigación del periodista Craig Whitlock. Refiere las hazañas y la habilidad de Leonard Glenn Francis, conocido mejor como El Gordo Leonardo, un acaudalado empresario de Singapur, y de sus amigos los comandantes durante siete años del barco USS Blue Ridge, desde el cual se manejan las operaciones de la Séptima Flota Naval de Estados Unidos, en Asia y el Pacífico Occidental.

El Gordo Leonardo, quien está detenido y sujeto a proceso desde hace cuatro años en San Diego, dueño de Glenn Defense, una empresa proveedora de servicios en puertos asiáticos a la Marina de los Estados Unidos es la estrella del asunto.

Esos servicios incluían todo lo que un barco de 200 metros de eslora y los otros barcos que navegan por el Pacífico occidental necesitan. Combustible, agua, alimentos, servicios y todo lo imaginable.

Entre lo imaginable, por lo menos, siete marinos de alto mando recibieron durante esos años mordidas de alto monto en efectivo, fiestas y banquetes en los mejores sitios de la zona, boletos de avión, bolsos de siete mil dólares para señora y orgías con prostitutas de Vietnam, Rusia, China, Indonesia, Mongolia, Malasia, Tailandia o Filipinas, llevadas a los mejores hoteles del Asia para divertir a los comandantes, pagadas por la empresa Glenn Defense a cambio de un favor constante: darle a El Gordo Leonardo información sobre los destinos del enorme barco y modificar sus trayectos y los de otros navíos bajo su control, para que fueran a anclar, precisamente, en los puertos a los que Glenn Defense daba servicio. La mitad del año el barco insignia está en el puerto japonés de Yokosuka; el resto lo pasa navegando por los diferentes puertos asiáticos.

 Portaviones y otros barcos obedecen a los enrutadores del barco insignia. Entre el 2006 y el 2013 el empresario distribuyó generosos regalos, banquetes excepcionales y fiestas con prostitutas en por lo menos 45 ocasiones, según reza en los documentos de corte. Los regalos llegaban a los cien mil dólares en efectivo.

 La ley tiene prohibido a los oficiales recibir regalos de un valor mayor de veinte dólares, no más de cincuenta dólares de una misma fuente en un año.

El Gordo Leonardo, quien tiene 53 años, se ha declarado culpable de los sobornos y de haber defraudado a la Marina por 35 millones de dólares, elevando el monto de sus facturas. Se supone que el daño es mayor. Más de sesenta almirantes están bajo investigación por el Departamento de Justicia y la Marina. Dos almirantes están siendo juzgados en la corte federal y otros seis han sido disciplinados por la fuerza naval.

Desde luego, pocos creen que solamente los identificados y consignados sabían de las mordidas y las fiestas, y fueron beneficiarios de ellas. Pero nadie dijo nada. Suena familiar. Aunque ello haya sucedido en los mares lejanos del Asia y en las filas de las fuerzas armadas del país que presume de honorable, justo y demócrata.

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