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Revisando su historia, Alberto Aguilera Valadez, fichado por robo que nunca se probó en la prisión de Lecumberri como Adán Luna, y famoso en el mundo que habla nuestra lengua como Juan Gabriel, es la casi excelente representación del mexicano. Todos somos él en algún momento.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 30, 2016, 5:47 am

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Este es un lugar de ambiente, donde todo es diferente.

                El Noa Noa

La envidia no se me da, pero la siento profundamente por quien tuvo el talento de escribir antes que yo que Juan Gabriel hizo una canción para cada uno de nuestros sentimientos. Tenía razón; aunque ninguno de nosotros tenga la capacidad de reunir mil ochocientos sentimientos. Juan Gabriel sí la tuvo.

Revisando su historia, Alberto Aguilera Valadez, fichado por robo que nunca se probó en la prisión de Lecumberri como Adán Luna, y famoso en el mundo que habla nuestra lengua como Juan Gabriel, es la casi excelente representación del mexicano. Todos somos él en algún momento.

Nacido en una miseria tal que su madre tuvo que regalarlo a un hospicio, fugitivo de lo que ahora se llama bullying, vendedor callejero de burritos, migrante a donde estaba la chamba, que era la Ciudad de México, rechazado en todas las oficinas donde nos rechazaron a todos los que pedimos una vez trabajo, preso y liberado gracias a sus canciones, para que de pronto surgiera el momento mágico en que todo cambia. Y luego el enorme éxito.

Dicen que la canción se llama No tengo dinero.

¿Quién es el mejor compositor de canciones en México? Ya sé que es una pregunta imbécil. Tata Nacho, Pardavé, Esperón, Lara, Consuelito Velázquez, José Alfredo, Curiel, Manzanero y los que se me olvidan. Y, en la circunstancia, todos dirán que Juan Gabriel. La respuesta es más sencilla. Todos los mencionados fueron, en su momento, capaces de interpretar en una canción cada uno de nuestros sentimientos. Identidad se llama eso. Tal vez el que logró de mejor manera identificarse con aquellos a los que quería decir algo fue Juan Gabriel. Porque entendió el tiempo.

Los mexicanos de José Alfredo, Álvaro Carrillo, Rubén Fuentes o Lara eran víctimas vengativas de inmediatos añejos e intolerables o resignados borrachos que escondían la frustración en el tequila. Los de Juan Gabriel son como él fue. Dolidos y sumisos, aceptando el dolor y la humillación como una forma de expiar penas inmerecidas.

Carlos Monsiváis, genio admirador y fraterno poeta de Juan Gabriel, supo entender la esencia del talento motivo de su admiración: autenticidad. De la misma manera que Carlos, Alberto nunca negó sus preferencias sexuales, pero al mismo tiempo no hizo jactancia de ella: lo que se ve no se pregunta, dicen que dijo una vez.

Hoy que vivimos una campaña brutal de la jauría de clérigos del poder que se oponen a los matrimonios igualitarios, cuando el presidente Peña Nieto se está rajando para que eso pase a segundo o tercer término, la muerte de Juan Gabriel cae justamente en la piedra angular.

PILÓN.- Lo más lamentable de este doloroso asunto es que hay —dicen— mil ochocientas canciones de la autoría de Juan Gabriel deambulando por el mundo. Cada cuarenta segundos, en algún lugar del planeta, suena Querida, Hasta que te conocí, Amor eterno o cualquiera de las otras. Cada cuarenta segundos ello genera pesos y centavos en regalías por los derechos del autor. ¿Cuándo quieren que comience la disputa por esa multimillonaria herencia?

Es una pena nacional que nos está esperando.