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Osiel murió prematuramente. Toda muerte es prematura e injusta. Su final fue para él más un bálsamo que un acto inesperado: había sufrido lo indecible por una enfermedad evasiva e indeterminada. Pero duele mucho su partida.
Eloy Garza
agosto 22, 2016, 10:48 am
eloy-nuevo El día en que murió Lorenzo Zambrano escribí un artículo donde contrastaba su personalidad con la de Carlos Slim. Esa noche, como de costumbre, conversé por Facebook con Osiel Castillo.

Me dijo que no coincidía conmigo: “Lorenzo era un ejecutivo de empresa; Slim es un emprendedor, todo lo discutible que se quiera, pero a fin de cuentas un inversionista que construyó su propio emporio. Lorenzo apenas tenía un porcentaje minoritario de acciones en CEMEX”.

A partir de esa distinción, Osiel Castillo urdió en unos cuantos comentarios, la historia completa de la cementera, sus orígenes, sus retos y su oculta debacle interna. Por asociación de ideas, pasamos al tema de Rodrigo Medina, de quien Zambrano pretendió, al menos por Twitter, ser mentor o defensor de oficio.

Al respecto, Osiel me confesó que quería escribir un libro sobre la deuda pública de Nuevo León. Tenía los antecedentes en esa especie de archivo digital que era su cabeza, desde el gobierno de Alfonso Martínez Domínguez en adelante, hasta el desastre financiero en que dejó al Estado la gestión de Rodrigo Medina.

Le aclaré un dato a Osiel: las cifras de la deuda de Nuevo León nunca son precisas. La Comisión de Agua y Drenaje oficia como aval solidario en los créditos que le otorgan al gobierno central y viceversa. Para sopesar la cantidad exacta del endeudamiento, habría que sumar la contabilidad de ambas partes. “Pues manos a la obra, escribamos el libro juntos” rubricó la charla Osiel.

No es común, al menos en Nuevo León, que un periodista se despoje de su ego y pida emprender juntos la redacción de un libro. Y pocos como Osiel conocían los egoísmos y vanidades que gravitan en el gremio. De hecho, el periodismo era otro de sus focos de atención.

Le gustaba hablar de la prensa tanto como de economía. Había leído casi toda la obra de Vicente Leñero y adoraba especialmente la crónica novelada Los periodistas. Le dije a Osiel que más que un libro sobre la deuda de Nuevo León, lo que deberíamos escribir era la historia moderna del periodismo en México. Se entusiasmó con ese dejo de melancolía que lo abrazó los últimos años de su vida.

Osiel murió prematuramente. Toda muerte es prematura e injusta. Su final fue para él más un bálsamo que un acto inesperado: había sufrido lo indecible por una enfermedad evasiva e indeterminada. Pero duele mucho su partida.

Me pregunto a dónde va el bagaje del cerebro de un hombre que muere. Es irónico que se disuelva en la nada la vasta información y experiencia almacenada en nuestra cabeza, sobre todo en una pensante y analítica como la de Osiel Castillo. Su recuerdo nos alentará siempre.

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