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En una contienda bélica los brigadistas saben bien lo que significa la niebla de guerra. Hay que definir estrategias en la oscuridad, la bruma y el humo. Lo ideal es combatir a campo abierto, donde el enemigo sea visible, pero a veces el terreno es confuso e incierto.
Eloy Garza
septiembre 12, 2018, 11:35 am
 

En una contienda bélica los brigadistas saben bien lo que significa la niebla de guerra. Hay que definir estrategias en la oscuridad, la bruma y el humo. Lo ideal es combatir a campo abierto, donde el enemigo sea visible, pero a veces el terreno es confuso e incierto.

Enrique Graue, rector de la UNAM, sufre fuego amigo. Un grupo político de izquierda quiere usarlo como rehén para enturbiar la sucesión presidencial. Y el rector opera entre la niebla de guerra. El problema es que Graue, que no es para nada político, no ha definido su estrategia de respuesta al conflicto. Ya reconoció que está envuelto por la niebla de guerra y no entiende lo que sucede; ya se reunió con AMLO como convidado de piedra; ya sancionó vagamente a algunos porros involucrados. Sin embargo esos son paliativos, no respuestas.

Graue no ha exigido a los órganos de investigación del Estado que le digan cuál es la mano que mece la cuna del conflicto. No ha sido duro con el gobierno capitalino. No ha atacado de raíz a los 176 grupos de choque universitarios. No ha tomado medidas de fondo contra el narcomenudeo ni la inseguridad.

Es cierto: Enrique Graue es un tipazo. Supo ser la bisagra entre Juan Ramón de la Fuente y José Narro, mandamases en disputa. Es un académico de primera línea, que concilia y actúa con buena fe. Pero eso no basta para evitar que escale el conflicto estudiantil hasta salírsele de las manos. Ni que algunos perredistas quieran arrebatarle el control de la UNAM. Ni que el pliego petitorio de los estudiantes, en un principio fácilmente negociable, crezca junto con otros movimientos sociales como gigantesco alud contra rectoría.

Enrique Graue está sumido en la niebla de guerra. Y no se ha propuesto salir de ese terreno penumbroso. No ve al enemigo que tiene frente a sus ojos, cara a cara, enquistado en las oficinas adjuntas a su despacho; que patrocina con el mismo presupuesto de la UNAM las brigadas de asalto en los campus; que se burla de la inane policía universitaria; que espera no sólo su renuncia (trámite francamente menor, secundario, ante una eventual crisis de gobernabilidad), sino la anarquía provocada; que se propone desestabilizar niveles superiores, más allá de la UNAM y del cargo de un rector cordial y buena gente.