La Carpeta:
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Una de las guevaristas que se creían maoístas y que nunca habían leído a Marx, era una muchacha con piercing en las orejas, cejas y lengua, con tatuajes de motivos huicholes en los brazos y en el vientre (dato que me enteré después) y más ignorante que un turista europeo buscando peyote en el sitio sagrado de Wirikuta.
Eloy Garza
junio 12, 2018, 11:07 am

Entré como alumno de posgrado a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM cuando el auditorio Justo Sierra había sido tomado por maoístas irredentos que se decían estudiantes. Una de las primeras acciones revolucionarias de esta caterva de fanáticos del Libro Rojo de Mao, fue rebautizar el auditorio con el nombre del Che Guevara. Francamente no volví a conocerles más acciones subversivas de buen calado, que no fueran practicar el poliamor (cosa que está requete bien), fumar mota (cosa que está bien, casi siempre), formar una especie de comuna sin pies ni cabeza (cosa que está regular) e impedir que quienes sí éramos estudiantes pudiésemos estudiar en paz (cosa que está muy mal).

Una de las guevaristas que se creían maoístas y que nunca habían leído a Marx, era una muchacha con piercing en las orejas, cejas y lengua, con tatuajes de motivos huicholes en los brazos y en el vientre (dato que me enteré después) y más ignorante que un turista europeo buscando peyote en el sitio sagrado de Wirikuta. Para sufragar sus gastos personales, la muchacha (que a partir de este momento denominaré camarada), vendía dvd’s de películas de arte piratas en los pasillos de la facultad de Filosofía. A mí el cine de Jean-Luc Godard me resulta pretencioso y pedante, pero por congraciarme con la camarada, y dado que Godard tuvo su época medio maoísta, le compré varias películas del cineasta francés.

Respaldado por el pago del dichoso acervo pretencioso y pedante de Godard, me atreví a invitar a la camarada a ver las películas en mi departamento. Al instante me respondió que no, pero fue un no como puntos suspensivos, un no con insinuaciones sensitivas, un no friolento y travieso, amargo y dulzón. Total, que la camarada me reviró invitándome a ver las mismas películas en el auditorio Che Guevara, con sus correspondientes camaradas. Yo me di a desear y puse sobre la mesa (es un decir, porque estábamos en el pasillo de la facultad) mis condiciones: dado que yo era periodista de la revista Voz y Voto (a donde me invitó a escribir mi amigo Pedro Aguirre) la dije que iría con ella, pero que luego publicaría mis experiencias del auditorio Che Guevara en forma de reportaje.

Dicho esto, mi camarada puso el grito en el cielo. Según ella, no había periodistas marxistas en México, porque todos eran asalariados vendidos de un medio, a excepción de La Jornada, que estaba en su mejores días. Y los periodistas independientes, de izquierda, eran prácticamente unos muertos de hambre. Como entenderá el lector, a estas alturas de mi incipiente relación, la última de mis intenciones era provocarle a mi camarada alguna alteración emocional que no fuera hacerla sentir mariposas en el estómago, pero sí me veía impelido a quitarle semejantes prejuicios.

Para empezar, le dije que el propio Carlos Marx había sido un penetrante y agudo periodista de investigación. Sus escritos de prensa como corresponsal no son literatura menor. Sí fueron, en cambio, fuente de tensiones y pleitos constantes con sus editores, como los del New York Tribune, diario norteamericano (el de mayor tiraje mundial de su época) donde escribió de 1852 a 1862. Marx se quejaba en sus cartas porque sus artículos de prensa le restaban tiempo a sus “estudios científicos”, pero esto no era, a mi juicio, más que un pretexto para dejar sus cansados litigios contra la censura y seguir aceptando la ayuda económica de Engels.

Por otro lado, la más objetiva y combativa prensa en México ha sido de izquierda. Y entre los marxistas que publican en México, hay una corriente que cree (creemos), que el periódico no minoritario sino masivo, es un canal de difusión ideológica que combate a la reacción en sus propios terrenos. Yo comencé a leer a Marx no tanto influenciado por el estructuralismo de Althusser, o por la epistemología marxista, sino por la sugerencia que me hizo el malogrado filósofo (y también periodista) Carlos Pereyra, de que leyera la obra periodística de su tocayo Marx. Lo hice a conciencia y eso me sirvió, entre otras utilidades prácticas, para seducir a una camarada con tatuajes huicholes. La susodicha no se convenció con mi alambicada dialéctica, pero me llevó a ver películas de Godard a la dizque comuna de la Facultad de Filosofía de la UNAM, sentados en el piso y flotando entre espesas nubes placenteras. Como entonces no se trataba de cambiar al mundo sino simplemente de ver cine de arte, el resto de los camaradas brillaron por su ausencia. Nos hicimos novios mi camarada y yo durante siete meses y diez días, hasta que me dejó por un chayotero periodista de El Sol de México, diario de derecha si los hay. Con lo que queda constatado que el amor no distingue ideologías, con excepción expresa de mi pobre caso.