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“Espartaco” llegó a las salas de Monterrey en 1961, exactamente un año después de su estreno en EUA (tardaban muchos meses las películas de Hollywood para estrenarse en México). Fue un éxito de taquilla en todos lados, menos aquí.
Eloy Garza
diciembre 17, 2017, 10:03 pm

“Espartaco” llegó a las salas de Monterrey en 1961, exactamente un año después de su estreno en EUA (tardaban muchos meses las películas de Hollywood para estrenarse en México). Fue un éxito de taquilla en todos lados, menos aquí.

A los regiomontanos les gustó más “Ben Hur”, estrenada un año antes, o “Cleopatra” estrenada dos años después. No me explico por qué no pegó en Monterrey el film de Stanley Kubrick, que trata sobre la rebelión de un esclavo.

Quizá se debió a motivos morales (el regiomontano de aquellos años era muy conservador para ver cine y muy liberal para ver teatro) o a motivos estéticos (los regios veían bien buena a Elizabeth Taylor vestida de faldita y Kirk Douglas, en cambio, también vestido de faldita era un rostro duro, sin el aura bíblica de Charlton Heston). Sin duda, éramos más provincianos que ahora. ¿O lo seguimos siendo?

Quienes asistieron al estreno de “Espartaco”, sabían que la película condenaba la esclavitud. Así lo creímos las generaciones siguientes que luego la vimos sin censura y remasterizada. Pero los espectadores de una y otra época dejamos de lado una condena implícita de la película: el ataque a los excesos del Estado.

Si uno cambia del guión la palabra Roma por la palabra Estado, todo embona. Pero los mexicanos de los sesenta vivíamos tan felices en el milagro proteccionista del gobierno mexicano, que nos pasó de largo la acusación en contra de las clases gobernantes.

El productor de la película, que también era Kirk Douglas, compró los derechos de la novela a Howard Fast, comunista norteamericano, novelista hoy injustamente olvidado.Y el guión lo escribió en tiempo record Dalton Trumbo, perseguido por sus ideas anarquistas.

Con esos papás, se entiende porqué Espartaco es además un canto a la libertad de los migrantes. Los esclavos no querían combatir a Roma sino emprender el éxodo por el puerto de Brindisi. El Estado, o sea el Imperio, o sea Roma, no quería que escaparan de su dominio. ¿Por qué? Simple: sin esclavos no hay reino. O sea, no hay a quién cobrarle impuestos. Por eso a estos infelices así les fue en la feria.

Los fans de la película recuerdan la escena en la que el ejército de sublevados declara al unísono "Yo soy Espartaco”. O cuando el protagonista dice: “rezo al Dios de los esclavos por un hijo que nazca libre”. O cuando Kirk Douglas mata por necesidad a Antonino (Tony Curtis) y exclama: “Volverá y será legión”.

Pero a casi ningún espectador se les grabó la escena en la que el malvado de Craso (un villano peor que Darth Vader) pontifica con voz de burócrata ambicioso: “Hay una sola manera de lidiar con Roma: debes prestarle servicio, debes humillarte ante ella, debes arrastrarte a sus pies, debes amarla”.

Este cuarteto de deberes es lo que todo gobierno demanda a sus gobernados: que le presten servicio, que se humillen ante él, que se arrastren a sus pies y (por irónico que parezca), que lo amen. El régimen del PRI de los años sesenta consiguió que los mexicanos le cumplieran esos cuatro deberes. Hasta que, como Kirk Douglas en la película, se cansaron de tanto amor mal correspondido.

Y es que el PRI era muy bueno para hacer realidad el consejo de Graco, otro personaje del film: “la política es una profesión práctica, si un criminal tiene lo que quieres, negocias con él”. O sea, los políticos negocian con todos, menos con el ciudadano. De ahí parten las pataletas y berrinches del pequeño Espartaco que todos llevamos dentro.

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