La Carpeta:
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Aaron sintió un golpe en el pecho. Dolió. Con las manos apretó su musculoso torso como tratando de aquietar los acelerados latidos de su corazón. Unos instantes después sus mejillas redondas se ennegrecieron. Vio hacia arriba, hacia abajo; ansioso lanzó una mirada circular, pero no alcanzó a decir nada. Tendido boca arriba, en el sillón de una lujosa residencia en San Diego, la respiración se le entrecortó y despacio se desvaneció.
Staff
febrero 16, 2015, 7:24 am

Aaron sintió un golpe en el pecho. Dolió. Con las manos apretó su musculoso torso como tratando de aquietar los acelerados latidos de su corazón. Unos instantes después sus mejillas redondas se ennegrecieron. Vio hacia arriba, hacia abajo; ansioso lanzó una mirada circular, pero no alcanzó a decir nada. Tendido boca arriba, en el sillón de una lujosa residencia en San Diego, la respiración se le entrecortó y despacio se desvaneció.

Aquel 9 octubre, a Aaron Rubin, un estudiante de 23 años, lo zangolotearon. Le golpearon el pecho; sacudieron su gran cuerpo de lado a lado, pero no pasó nada. Pasaba el tiempo, sin que nadie sospechara que con cada tic tac a Aaron se le atrofiaba un órgano distinto del cuerpo. Tic tac, parálisis en las piernas. Tic: el primer derrame cerebral; tac: el segundo.

Ese domingo de 2005 sufrió un ataque al corazón, los pulmones se le paralizaron, provocándole dos paros cerebrales que lo dejarían en coma y más tarde en estado vegetativo. Fue una sobredosis de “drogas legales”: oxicodona e hidrocodona, analgésicos derivados del opio, adquiridos ilegalmente en Tijuana, en la frontera norte de México.

Fiestas de fármacos

Primera fotografía: un joven musculoso viste la camiseta del equipo de futbol americano, acompañado de varias porristas. Segunda fotografía: lanza con su brazo fortachón un balón de futbol americano al cielo.

Frente a ellas, una mujer llamada Sherrie Rubin se acomoda los cabellos amarillos que le caen en la cara y se quita delicadamente unos anteojos. Se acerca tanto, que pareciese que quiere meterse en las fotografías. Se tapa los ojos y entre sus dedos escurren lágrimas silenciosas. “Ese es mi hijo Aaron”, apunta y entonces advierte que es el mismo que veremos: un hombre que medía casi dos metros, de brazos marcados, pectorales alzados y hombros pronunciados.

—“¡Di hola!”, dice Sherry con la sonrisa congelada.

Entonces aparece Aaron sentado en una silla de ruedas. Pesará unos 50 kilos; la cara y el cuello son delgados; casi no tiene cabello y las coyunturas de los huesos se pronuncian con el pasar del tiempo, dejando al descubierto su languidez. Lanza unos balbuceos y su mirada se clava.

Después de la sobredosis, Aaron se convirtió en uno de los 5 millones de estadounidenses adictos contabilizados en el reciente Censo Nacional de Uso de Drogas y Salud (NSDUH) a la “epidemia de los opioides”.

El abuso de analgésicos altamente adictivos, como la oxicodona y la hidrocodona, recetados para dolores intensos o pacientes terminales se ha incrementado en la última década hasta desplazar a las drogas duras como la cocaína (1.4 millones de adictos) y la heroína (700 mil adictos) en Estados Unidos.

El abuso de los analgésicos también encabeza el número de sobredosis atendidas en las salas de emergencia, con 15 mil casos fatales registrados anualmente en ese país, según las estadísticas del Centro de Control de las Enfermedades y Prevención de Estados Unidos (CDC), una cifra que se ha cuadruplicado en menos de una década.

En ciudades fronterizas como San Diego, las fiscalías federales han detectado que los jóvenes desde los 13 años de edad organizan los llamados pharming partys, reuniones amenizadas con tazones llenos de pastillas de colores: un coctel de medicamentos que adquieren sin receta médica en las fronteras al norte de México.

Sobredosis de drogas legales

Para la madre de Aaron las pastillas se han popularizado porque es una droga que no tiene olor: en los puertos de entrada a Estados Unidos los perros no las detectan.

“Pasó mucho tiempo, pensábamos que gran parte de su rebeldía y su depresión era por las frustraciones. Es que esta generación quiere todo rápidamente, graduarse de la preparatoria, comprar un auto, tener un trabajo, ser un rockstar”.

Hoy Sherrie y Aaron están sentados en la sala de su casa en San Diego. Recuerdan aquella noche y aunque su hijo no puede hablar, caminar o moverse ha desarrollado una habilidad: levantar un dedo para decir “sí”; dos, para un “no”.

—Aaron, ¿te vienen muchos recuerdos cuando hablo de Tijuana? —se le pregunta.

Levanta con dificultad el dedo índice, frunce la nariz, sonríe y deja salir gritos largos y subversivos. Pareciese que a pesar de la sobredosis, Aaron recordará gustoso los días de pharming partys en Tijuana.

De acuerdo con el examen toxicológico, en su sistema lo más alto era la oxicodona (ocho pastillas de 80 miligramos), también antidepresivos como Xanax y Somas. Las drogas combinadas con alcohol le provocaron dos paros cerebrales, uno en la parte frontal y otro en la parte posterior que le imposibilitarán moverse de por vida. Fue un coctel letal.

Tijuana Le Drug Store

Esta ciudad mexicana es el paraíso para los amantes de los fármacos controlados. Las tres avenidas principales de la zona turística de la ciudad albergan 49 farmacias, tan sólo 14 en la calle Tercera. Todas ofrecen precios a una fracción de su costo en Estados Unidos: 30, 50 y hasta 70% más baratos que al norte de la frontera, en Estados Unidos.

Entre esta amplia gama de medicamentos, los productos estelares son los analgésicos fuertes. Estos se anuncian poco, pero se venden mucho. Le siguen los relajantes musculares, los antidepresivos y sedantes.

El mercado es tan grande que en los lugares donde en los años 90 se encontraban licorerías o tiendas de artesanías, ahora hay medio centenar de farmacias. Los anuncios escritos en inglés, francés o cantonés dejan claro que sus clientela no es local. Meds for Less, Discount Pharmacy, Trip Pharmacy, son algunos de los nombres que resaltan en neón sobre las marquesinas de la Avenida Revolución.

La avenida que solía ser el patio de juego de marines y universitarios norteamericanos ahora luce pulcro y sereno. Los dealers ahora visten batas y tienen títulos universitarios. Una de las farmacias la anuncia un maniquí vestido de enfermera que sostenine un letrero en forma de corazón con la palabra “Viagra” en el centro.

El boticario recibe con un “hello”. Pregunto el precio de la oxicodona; dice que se terminaron, pero ofrece tramadol, otro analgésico tipo opioide, 100 pastillas de 100 miligramos por 20 dólares; nada mal, considerando que en Estados Unidos un frasco con 30 de estas pastillas se vende en 80 dólares o más.

Propone comprar al menudeo: 12 dólares por un norco, un analgésico menos potente, recetado para aliviar dolores severos, pero que de ser consumido en grandes cantidades puede causar una depresión respiratoria grave y la muerte.

La búsqueda de medicamento lleva a la farmacia New México, una empresa más pequeña, independiente, que se ubica en los límites de la calle Tercera, fuera de la zona turística, donde proliferan las taquerías y escuelas de cultura de belleza, discretamente alejada de la vigilancia policial.

El empleado del mostrador cotiza cada oxicodona en 25 dólares y advierte que es la versión reformulada, la que no se puede moler para ser inhalada o cocinarse para inyectarlo como heroína. De intentarlo, podría llevar a la sala de emergencias o directo a la morgue.

Juan Manuel Gastelum, encargado de la unidad regional de la Comisión para la Protección de Riesgos Sanitarios, argumenta que para sancionar a alguien tendrían que “agarrarlos con las manos en la masa”.

Revela que en los últimos seis años ha crecido cerca de 12% la industria farmacéutica en la frontera. Advierte: “Estamos en el camino de poder controlar este tema y a los farmacárteles”.

Sinaloa, a la cabeza

Con el crecimiento desmedido del consumo de fármacos controlados han surgido organizaciones transnacionales especializadas en su comercialización clandestina: los farmacárteles, denominados así por las fiscalías federales de Estados Unidos, instancias responsables de investigar y desmantelar a estos grupos delictivos.

Pero también carteles “tradicionales” que diversificaron sus operaciones: el pasado 16 de enero el gobierno de Estados Unidos desclasificó una de las acusaciones más importantes contra un cártel de la droga en México: la que incluye a los “juniors”, hijos de los grandes cabecillas del cártel de Sinaloa.

En ella aparecen nombres como Archivaldo Guzmán, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán; Ismael Zambada Imperial e Ismael Zambada Siqueiros, hijos de Ismael El Mayo Zambada. Entre los cargos que se les imputan está el trasiego de 5 mil 500 pastillas de oxicodona, así como ganancias por más de 14 millones de dólares derivadas del narcotráfico.

Pero en los últimos diez años otras bandas de tráfico hormiga evolucionaron, cruzando la frontera con paquetes de medicamentos pegados al cuerpo o escondidos en un auto, hasta formar amplias redes con varias células enfocadas en los distintos aspectos del trasiego: abastecimiento, contrabando, almacenaje y venta, en persona o a través de sitios de internet.

EL UNIVERSAL indagó que la Fiscalía del Distrito Sur de California ha investigado a seis farmacárteles que operaban en la frontera de México y Estados Unidos y detenido a más de 25 individuos desde el año 2012.

Su participación en el mercado creció tanto y sus ganancias ilícitas fueron tan altas que atrajeron la atención de los cárteles mexicanos. En octubre de 2011, un miembro de un farmacártel fue secuestrado por narcotraficantes que operaban en Tijuana; exigieron un pago de un millón de dólares como parte de los “impuestos” que debían pagar por sus operaciones ilícitas.

Para exigir el pago le cercenaron tres dedos. Sólo parte del dinero fue entregado porque la víctima logró escapar de la casa de seguridad. El secuestro forma parte de la investigación realizada por agentes del departamento de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos.

La víctima pertenecía a la red de tráfico de fármacos más notoria de la frontera: el cártel Samame. Con sede en Tijuana y dirigido por Jorge Samame Rodea, esta organización llegó a ser para los medicamentos controlados, lo que los hermanos Arellano Félix fueron para la cocaína, percibiendo ganancias mensuales de más de 700 mil dólares, según la Fiscalía federal.

Su éxito residió en su innovación tecnológica, al crear una serie de sitios de internet especializados en la venta de fármacos sin receta médica. Por más de tres años un grupo de investigadores especialistas en lavado de dinero del Departamento de Seguridad Interna de Estados Unidos vigilaron la operación de su portal MexRxOnline.com y otros ocho sitios más, logrando descubrir su modo de operar.

Estos portales recibían las órdenes de fármacos, los administradores enviaban a los clientes un correo de confirmación con la dirección de un apartado postal en California, a donde debían enviar un cheque o un giro postal. Los documentos financieros eran cobrados por un miembro del cártel, el dinero era depositado en una cuenta a nombre de Jorge Samame y los medicamentos les eran enviados por paquetería.

Durante el curso de la investigación los agentes federales lograron comprobar la comercialización de al menos 1.56 kilogramos de oxicodona y 355 gramos de hidrocodona. De ganar 700 mil dólares mensuales, en ese periodo el cártel Samame amasó una fortuna superior a los 25 millones de dólares.

Aaron, el joven sandieguino que era adicto a los medicamentos controlados, involuntariamente en su rutina diaria toma medicamentos como el Baclofen, para el control de los espasmos; Nemenda para desarrollar sus habilidades mentales y recetado en pacientes con Alzheimer; Xanaflex, un relajante muscular (como los que buscaba en Tijuana) y Wellbutrin, un antidepresivo. Hoy que tiene receta médica “legal” no los quiere y se rehúsa a tomarlos. Los costos médicos del joven alcanzan los 7 mil dólares mensuales, que cada mes salen del bolsillo de los Rubin.

// El Universal