La Carpeta:
1 de 10
 
Los cónsules de México en los Estados Unidos son, con frecuencia, la única instancia que los mexicanos tienen para enfrentar cualquier autoridad ajena.
FELIX CORTES CAMARILLO
enero 10, 2019, 8:26 am

Sin llevarle más que una canción, un pedazo de mi corazón… Agustín Lara, Farolito

El fin de semana pasado, a propósito de la carta que los catorce países de América Latina integrantes del artificial Grupo de Lima le mandaron a Nicolás Maduro para que no se atreva, hoy, a tomar nuevamente posesión de la Presidencia de Venezuela por la evidente violación a todos los derechos humanos, civiles y divinos que nos rigen, el presidente López Obrador dijo que México no será candil de la calle y oscuridad de la casa.

En este mismo espacio se celebró el principio juarista que rige esta doctrina llamada Estrada, pese a que muchos han disentido de su justificación.

Ese mismo fin de semana, los embajadores y cónsules de México que por el mundo hay —muchos de quienes están esperando el cese por motivos de partidistas filias— se reunieron, como lo hacen periódicamente, con su jefe, el secretario de Relaciones Exteriores, y con otros altos funcionarios de gobierno.

El mensaje que recibieron fue el mismo de todos los años: hay que promover la imagen de México en el extranjero, el comercio y los valores culturales de nuestro país. Es lo mismo que les han dicho todos los años. La diferencia es que ahora les dijeron que hay que hacerlo con menos dinero.

El Servicio Exterior Mexicano, que suele ser el sueño de muchos jóvenes que vieron truncas sus aspiraciones políticas locales, con frecuencia lo interpretan como el dorado asilo bien pagado en países generalmente gratos y con pocas obligaciones que se aparten de dar el grito en una recepción en la embajada la noche del 15 de septiembre. Lo demás son ocasionales reportes burocráticos sobre escasos eventos que involucren al país.

Nada más falso. Un embajador de México en el extranjero gana bastante poco. El representante de nuestro país en Japón gana poco arriba de 15 mil dólares al mes, lo cual es una bicoca si uno sabe lo que cuesta vivir en Tokio. El embajador en Haití, donde todo es más barato, gana diez mil dólares. Los embajadores de España, ganan por lo general, 21 mil euros al mes: cinco veces lo que gana el Presidente del país.

Nada es suficiente si se quiere cumplir con las ambiciosas tareas de presencia política, comercial y cultural de cualquier país en el mundo. Y los emolumentos tienen que ajustarse a las condiciones del país de residencia.

Hay un ingrediente adicional: hasta hace poco, los diplomáticos mexicanos no tenían derecho —no sé si ahora lo tienen— a jubilación alguna por sus servicios.

Pero al ahorrador Presidente de México se le olvida otra función más importante.  Hay más de una cincuentena de cónsules mexicanos en los Estados Unidos: el país en donde viven la primera mayoría de mexicanos fuera del territorio nacional y que, además, son los más maltratados por las autoridades del país que les admiten como vecinos a regañadientes, y los más olvidados por el gobierno de su propio país.

Los cónsules de México en los Estados Unidos son, con frecuencia, la única instancia que los mexicanos tienen para enfrentar cualquier autoridad ajena; desde luego, pero no exclusivamente, la migratoria.

Un mexicano en el extranjero pocas veces puede ir a visitar a su embajador. Invariablemente, tendrá que ir a registrar —como yo lo hice— el nacimiento de un hijo o el trámite de un pasaporte. Olvidar a esos generalmente modestos y serviciales, señor Presidente, despreciar a mexicanos de lo más valioso de este país.

Y votos posibles. Es muy loable dejar de ser candil de la calle. Es mucho más importante ser una luz en la casa.