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La madrugada de hoy me desperté con una misión urgente: revisar la Enciclopedia Británica. Un grupo de voluntarios decidimos montar una exposición sobre la obra gráfica en torno al cuerpo humano que ha creado un artista nuevoleonés.
Eloy Garza
febrero 12, 2018, 2:09 pm

La madrugada de hoy me desperté con una misión urgente: revisar la Enciclopedia Británica. Un grupo de voluntarios decidimos montar una exposición sobre la obra gráfica en torno al cuerpo humano que ha creado un artista nuevoleonés. Me impuse como tarea recopilar textos literarios alusivos al tema. Pero antes de profundizar en obras como La Celestina (que alude constantemente al cuerpo joven y viejo) o la poesía de Pedro Salinas (que se refiere al cuerpo como comunión con el prójimo) decidí partir de lo básico: la definición de cuerpo humano.

Sin embargo, mi tarea nocturna inició con un mal augurio: desde que se inventó Wikipedia casi todos los bibliófilos hemos remitido la Enciclopedia Británica al estante más alto de la biblioteca doméstica, donde se empolve a gusto. Sólo en casos excepcionales como éste, uno se atreve a correr el riesgo de arrimar una silla a la ristra de libros, subirse en ella, alzar los brazos y buscar el volumen seis de la “Micropaedia: Ready Reference”. Apenas me había calado los lentes, hallado la definición de human body y comenzado a leer los párrafos, cuando la silla crujió, sus patas se vencieron y caí de madrazo al suelo.

Inmóvil, en posición decúbito dorsal, pensé simultáneamente en tres cosas a la vez: en la posibilidad de haberme fracturado un hueso, en la fragilidad de la vida humana y en la falta de mantenimiento del techo de mi casa. Las dos primeras cosas las vinculé con la teoría del caos. Como es sabido, la teoría del caos abandonó la clásica noción determinista (“las cosas pasan por algo”), por otra más compleja: una pequeña variación en condiciones iniciales, provocan grandes cambios de comportamiento posterior. Principio que se conoce como “Efecto Mariposa” (“el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami al otro lado del mundo”).

En los años sesenta se descubrió que las mínimas variaciones provocan grandes cambios y modifican los sistemas dinámicos. El orden se acompaña por el azar, lo aleatorio y el caos. El futuro de un sistema (y el cuerpo humano es un sistema) no puede predecirse, pues los “puntos de bifurcación”, como los denominó IIya Prigogine, lo abren a rutas alternativas aleatorias e imprevisibles.

¿La alteración del futuro de mi sistema corporal lo provocaron los “puntos de bifurcación” o fue resultado de haberme subido sin precaución a la silla? Ambas cosas. Según Prigogine “el caos parece estar en todos lados: en el clima, en el movimiento de los automóviles, en las avenidas de alta velocidad, en los seguros, en la teoría política, en astronomía”.

Pero como yo me siento más cómodo en la literatura que en la ciencia, prefiero vincular el madrazo que me di en mi biblioteca, con el teatro de Pedro Calderón de la Barca. Según el dramaturgo español, el hombre es víctima del destino disfrazado de azar: el comportamiento errático de los hombres dispara el caos que siempre nos acaba organizando, querámoslo o no, en designios superiores. Por ese motivo, mi caída se debió básicamente a un comportamiento errático de mi parte (mis amigos me lo dirán con menos benevolencia).

Lo cierto es que este accidente doméstico, que me dejó postrado en el suelo por un buen rato, me hizo reflexionar en los efectos del caos, en el azar que modifica el curso natural de las cosas y en lo pendejo que suele ser uno; deducciones que me dejan una enseñanza sobre el cuerpo humano muta superior a la lectura de la Enciclopedia Británica. En cuanto al tercer punto (la falta de mantenimiento del techo de mi casa), sus conclusiones prácticas podrán esperar hasta que tenga tiempo y dinero para contratar un albañil que no sea carero ni chambón.

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