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Líneas arriba escribí que éste es el mejor Andrés López Obrador que conocemos. Andrés Manuel es, al mismo tiempo, egocéntrico, autoritario, tierno, comprensivo, inteligente y torpe.
FELIX CORTES CAMARILLO
agosto 9, 2018, 7:40 am

Ni lo uno ni lo otro, dijo ayer el presidente Andrés Manuel López Obrador al recibir constancia legal de su nuevo cargo.

El mejor Andrés Manuel que conocemos, porque no hay que olvidar que hay varias versiones del mismo libro, volvió a invocar la pacificación y la conciliación para beneplácito de muchos de los que escuchábamos.

“El Presidente de la República no tendrá palomas mensajeras ni halcones amenazantes. Ninguna autoridad encargada de impartir justicia será objeto de presiones ni de peticiones ilegítimas”.

No hay ni de rozón mención alguna al pacto federal y las relaciones con las entidades federativas, pero, bueno, se le olvidó.

Más adelante, el Presidente afirma “el Ejecutivo no será más el poder de los poderes ni buscará someter a los otros. Cada quien actuará en el ámbito de su competencia y la suma de los trabajos respetuosos e independientes fortalecerá a la República y el Estado democrático de derecho transitará del ideal a la realidad”.

Líneas arriba escribí que éste es el mejor Andrés López Obrador que conocemos. Andrés Manuel es, al mismo tiempo, egocéntrico, autoritario, tierno, comprensivo, inteligente y torpe.

Perfectamente proteico. Si hay un alter ego para el Presidente, es Proteo. El rostro que le ves en la mañana no es el mismo que te mirará en la noche. Por eso yo me quedo con el Andrés de la graduación de ayer como Presidente electo.

Casi al cierre, el Presidente dijo: “Ninguna tentación me quitará la autenticidad o desviará mi camino en la búsqueda del humanismo y la fraternidad”.

Yo sólo digo: Amén.

PILÓN.- Ciertamente, ayer fue tarde de estrenos. Por vez primera una mujer, presidente del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, entregó su diploma de fin de cursos a un candidato presidencial.

Así pasa a la historia doña Janine Otálora, quien fue la encargada de encabezar el acto protocolario. Pero la señora Otálora se estrenó también como innovadora del lenguaje.

Ayer me enteré de que al lado de los homosexuales y otras minorías en México, hay “personas afromexicanas”.

Yo siempre he sabido que en mi país hay hombres y mujeres de la raza negra, como los hay de otras. En Veracruz, en la costa de Guerrero, vamos, hasta en el primer cuadro de la CDMX hay negros, y nunca se han avergonzado de que así les digamos.

Deberíamos estar orgullosos de que en este país, llamar a alguien negro, desde los tiempos de Memín Pinguín, nunca ha sido un insulto. Suele ser, a veces, expresión de afecto.

Los gringos, ellos sí, tienen el enorme complejo de su origen esclavista. Por eso le tienen pavor a la palabra nigger, que nunca usan en público.

En la búsqueda de sucedáneos, que es su especialidad, comenzaron a decirles black americans, cualquier otro subterfugio posible, y acabaron en el compromiso de afroamericans. Todo, menos decirles, simplemente, negros.

Eso vale para los gringos y sus complejos. Pero ¿afromexicanos?

El discurso de la señora Otálora fue brillante. Hizo, naturalmente, elogio del trabajo de las autoridades electorales que “han contribuido a restablecer la quebrantada esperanza en la soberanía del pueblo y en la posibilidad del Estado de derecho”.

Para eso la señora Otálora puede ser buena. Para acercarle neologismos a la lengua nuestra, no me suena. Sobre todo, si sigue el patrón de Estados Unidos. No vamos, a estas alturas de la historia, a contaminarnos del racismo gringo.