La Carpeta:
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Se presenta la oportunidad de cambiar la ley electoral y transformar al Instituto Nacional Electoral en una entidad seria, sólida, consistente, inteligente y, sobre todo, honesta.
FELIX CORTES CAMARILLO
diciembre 18, 2017, 5:03 am

He’s a hero who can please the crowd

                a star is born

                come on everybody shout out loud

                a star is born.

                Disney, A star is born.

Desde que se deshizo de Chabelo, la televisión abierta de México no tiene nada que ofrecernos los domingos por las mañanas —ni cualquier otro día—  a no ser  que las repeticiones interminables de las peores películas de Cantinflas, las que fueron hechas a colores. Por eso me agradó la sorpresa ayer, de encontrarme en la tele con el inicio de la película Nace una estrella. No la estupenda producción de 1954, con Judy Garland y James Mason, ni la versión de 1976 con Barbra Streisand y Kris Kristofferson. Era la mera mera original de 1937, con la no menos feucha Janet Gaynor y Fredric March. El sentimental melodrama de la aspirante actriz que conquista al decadente y alcohólico ídolo de la pantalla, prometía noventa minutos de distracción.

Si no hubiera sido por los 304 mil spots que al día nos receta el Instituto Nacional Electoral (INE) a todos los mexicanos, amparado en una legislación viciosa de origen y puesta en práctica por unos incompetentes zafios. En cada pausa que la trama permitía, se interrumpía la transmisión para que el INE nos convenciera de lo dichosos que debemos sentirnos por tenerlo y los partidos políticos que insisten en que este año sí nacerá una estrella que acabará con la corrupción y la inseguridad y nos dará el privilegio de vivir la felicidad plena que “ya sabes quién”, el verdadero héroe, nos va a traer.

Hace unos años, Jaime Heliodoro Rodríguez ganó la gubernatura de Nuevo León para el posterior desencanto de todos los que votaron por él. Es obvio que los votos del llamado Bronco no eran en su favor, sino en rechazo de la experiencia gubernamental inmediatamente anterior; en amplio sentido, eran votos en contra del sistema anquilosado de partidos políticos, un sistema que administra, cobrando bien por ello, el Instituto Nacional Electoral, al que alguien se le ocurrió inventarle un nuevo nombre, seguramente para ganarse una lana en el cambio de papelería.

El fenómeno Bronco trajo como consecuencia el costoso aparato que nos va a dar el privilegio de tener candidatos “independientes” para las elecciones del año que se aproxima, por medio de la ridícula recolección de firmas de apoyo para los aspirantes. Una recolección cuyos resultados necesariamente serán trucados para que el sistema no quede en ridículo, cosa que ya pasó.

Se antoja, sin embargo, que esta situación de crisis presenta una gran oportunidad para los mexicanos. Es indispensable una reforma electoral a fondo que cambie el sistema de privilegios para unos partidos que existen solamente en la imaginaria de los consejeros del INE y del gobierno en su conjunto, y que han sido manantial de fortunas mal habidas.

Se presenta la oportunidad de cambiar la ley electoral y transformar al INE en una entidad seria, sólida, consistente inteligente y —sobre todo— honesta. Debe reducirse el número de los legisladores al Congreso de la Unión y de sus herramientas de apoyo, y hay que eliminar la figura de esos becarios del sistema político mexicano que son los candidatos plurinominales. Urge cambiar el sistema de financiamiento de los partidos: que cada quien se rasque con sus uñas y no con el dinero de nuestros impuestos que mejor destino merecen. Que los patrocinen sus padrinos dueños del dinero, a cambio de favores que sabrán corresponder, como sucede en Estados Unidos. Y como sucede en el México hipócrita que no reconoce esa innegable realidad.

Desde luego, no ha nacido una estrella ni un héroe. Eso sólo pasa en las películas.

No se me escapa que esos cambios al sistema político-electoral de nuestro país están en manos del Honorable Congreso de la Unión.

Pues eso.