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No pocas veces los aliados políticos pertenecían a la misma familia. Los matrimonios entre primos y primas no fueron raros, el chisme histórico dice que el cuento ese de la sangre azul de los nobles proviene de la hemofilia provocada por las uniones conyugales interfamiliares.
FELIX CORTES CAMARILLO
noviembre 21, 2018, 8:35 am

Uno quisiera pensar que los tiempos lejanos y bucólicos del feudalismo y la Edad Media son, solamente, capítulos para aburrir en secundaria y preparatoria a nuestros hijos y nietas con historias de incomprensibles pactos y convenios, traiciones y asesinatos que solamente pueden abastecer la imaginación de los escritores de series históricas de televisión para Netflix.

La princesa de tal se casaba con el duque de cual, o la reina de León se casaba con el rey de León porque así convenía a los gobernantes de sus reinos, sus padres. Los cónyuges se conocían en todos los sentidos cuando celebraban la noche de sus bodas y con frecuencia la una no conocía la lengua —quiero decir el lenguaje— que su marido usaba para expresarse. Se puede explicar, aunque humanamente no se pueda entender: las relaciones humanas se supeditaron permanentemente al interés del Estado, el concepto de Estado surgió, precisamente, en el feudalismo y fue lo que le dio consistencia y fortaleza: la fusión de los feudos llamados estados consolidó los pequeños reinos. Del resto se iban a encargar los matrimonios por interés político y económico.

No pocas veces los aliados políticos pertenecían a la misma familia. Los matrimonios entre primos y primas no fueron raros, el chisme histórico dice que el cuento ese de la sangre azul de los nobles proviene de la hemofilia provocada por las uniones conyugales interfamiliares. ¿Por qué revivo todo esto en el cuento?

Porque el feudalismo y la Edad Media siguen vigentes en el país en el campo del crimen. Como entonces, vaya. Al juicio que se le sigue en Brooklyn a Joaquín Guzmán se le llama el juicio del siglo, pero es el juicio de los siglos; nos remite a un recuento de nuestro pasado. Badiraguato, pueblo sinaloense, podría ser renombrada Camelot, con sus variados reyes Arturo. Pero Camelot es una sede fantasiosa del rey Arturo y sus caballeros de la mesa redonda. Badiraguato es real y su corte y sus enlaces por conveniencia y consanguineidad son reales. Los Arellano Félix, los Beltrán Leyva, los Guzmán Loera, los Zambada y los nombres que no conozco están emparentados entre sí por vínculos de sangre o de matrimonios. Variados, ellos. Como en los tiempos de los viejos estados feudales. Como en aquellos tiempos, la caída de uno de los reyes no significaba la extinción de un reinado. Por el contrario, la raigambre se nutría y el árbol daba ramas más fuertes. De la misma forma en que pasa hoy en Badiraguato.

Es cuestión de familia, diría Enrique Octavo de Inglaterra al casarse con una reina o mandar al cadalso a otra. Es cuestión de negocios, diría cualquiera de los Beltrán Leyva reclutado como “testigo protegido” para denunciar a sus parientes y cómplices a cambio de lograr penas menores en EU. Así, en voz de uno de estos parientes de la gran familia, el nombre de Genaro García Luna, quien fuera capo de la seguridad mexicana en tiempos de Felipe Calderón, apareció como recipiente de mordidas millonarias en dólares para proteger al narcotráfico en México.

Yo no meto la mano al fuego por nadie que sea sospechoso de delito alguno, yo respondo por mí y mis actos. Pero tampoco puedo tomar a carta cabal el testimonio de delincuentes confesos que embarran a otros, inocentes o no, de sus propias culpas. Esto no quiere decir una defensa del señor García Luna, en cuyo palmarés está la producción de un video sobre la captura de otra delincuente que pasó a la historia como la pieza clave de las sucias negociaciones entre los gobiernos de México y Francia: la secuestradora Florence Cassez. Al final, todo queda en familia.

PILÓN.- Vergüenza les debiera dar a las autoridades, políticos, partidos y gobierno de Nuevo León por el sainete que están armando para una elecciones repetidas en vísperas de Nochebuena para la capital del estado. Como diría el barbón gringo: HO-HO-HO.