La Carpeta:
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La verdad sea dicha, en estos días no huelo nada pestilente; es decir, nada que no huela siempre y cada día. Los restoranes de la Condesa tapan las coladeras con plásticos para impedir que los comensales coman una ensalada mezclada con olores excrementicios. Por las mañanas, los empleados de los mismos establecimientos lavan el asfalto y producen líquidos radiactivos que escurren calle abajo. ¿Huele mal?
Staff
junio 21, 2012, 11:05 am
Cronista de guardia

Rafael Pérez Gay

EL UNIVERSAL

La ciudad huele mal. Al respecto hay una polémica interesante. Marcelo Ebrard afirma que los olores fétidos se desprenden del manejo de basura y residuos en el Bordo de Xochiaca y a un incendio en esos basurales, el jefe de Gobierno asegura que con las lluvias el ambiente mejorará. En cambio, el investigador de la UNAM Sergio Palacios Mayorga dice que el hedor proviene del drenaje de la ciudad donde hay un estancamiento de albañales. El secretario de Protección Civil Elías Miguel Moreno Brizuela jura que los olores los esparcen los ventarrones. Añado, si se me permite, que en el futuro nos aguarda siempre la ciudad del pasado.

Palacios Mayorga dice que las aguas residuales estancadas emanan gases putrefactos de las coladeras, algo parecido al ácido sulfhídrico. Esta imagen terrible me recordó mis asombros cuando estudiaba la ciudad de México del siglo XIX, la insalubridad, la basura, la pestilencia. El viejo problema de los malos olores en la ciudad de México se desprende de una maldición: la traza dedicada sólo a la propiedad de los españoles y los alrededores impuestos a los indígenas.

Al separar la vida de la Nueva España en territorios tan distintos, en el siglo XVIII nació la dificultad de la limpieza y la salubridad. La traza rodeada por acequias era el equivalente de la muralla en las ciudades europeas. La acequia fue la primera contrariedad de la capital novohispana para desechar la basura. Eso producía mal olor.

Recuerdo de nuevo que en un libro magnífico, “El perfume o el miasma”, el historiador francés Alex Corbin explicó que a finales del siglo XVIII ocurrió una revolución olfativa; el olfato dio nueva identidad al ser humano y separó lo hediondo de lo salubre, ese sentido decidió la idea de higiene en la ciudad. Un día de olores nauseabundos en la Nueva España, el virrey Revillagigedo ordenó limpiar los barrios y llevar la inmundicia “garitas afuera” de las calles centrales. El viejo Ignacio Castera dibujó un mapa de la ciudad; de pronto, las calles existían y los doce barrios que rodeaban el centro. La muy noble, insigne y muy leal ciudad de México olía a mierda.

En 1790, Revillagigedo estableció en un bando la limpieza de las calles: “uno de los puntos esenciales de toda buena policía es la limpieza de los pueblos, por lo que contribuye no sólo a la comodidad de los vecinos sino, principalmente a su salud”. Por primera vez, el aseo se convirtió en una necesidad urbana. Un carro recolector recorría las calles para llevarse las inmundicias.

En el bando de Revillagigedo se señalaba que a las siete de la mañana, los habitantes de la ciudad estaban obligados a barrer la calle frente a su casa y, luego de que la basura fuera recolectada, regar ese espacio. En los barrios se crearon barrancas de donde la tierra fue extraída para construir casas. Cuando se rellenaron esos hoyos nacieron los basureros de la ciudad. Así surgieron los primeros vertederos, “garitas afuera”: Santa Cruz, San Lázaro, San Cosme. En la misma Acta de Cabildo se prohibía que se arrojaran en la vía pública las aguas sucias e inmundas de las casas. No exagero si digo que nada se va, todo vuelve.

La verdad sea dicha, en estos días no huelo nada pestilente; es decir, nada que no huela siempre y cada día. Los restoranes de la Condesa tapan las coladeras con plásticos para impedir que los comensales coman una ensalada mezclada con olores excrementicios. Por las mañanas, los empleados de los mismos establecimientos lavan el asfalto y producen líquidos radiactivos que escurren calle abajo. ¿Huele mal?

Twitter: @RPérezGay