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La pregunta es: ¿Está Andrés Manuel a la altura del voto de 30 millones de ciudadanos que sufragaron por el fin de la corrupción y la impunidad? La simpleza de la respuesta es categórica: No.
Jose Jaime Ruiz
noviembre 22, 2018, 12:28 pm

Los héroes que “nos dieron patria”, transformaron. Benito Juárez enfrentó y superó una de las mayores invasiones al territorio nacional que hemos tenido, Francisco I. Madero acabó con la dictadura de lustros de Porfirio Díaz, Lázaro Cárdenas colisionó contra los poderes económicos internacionales y salió avante, ¿y Andrés Manuel López Obrador? Pues Andrés Manuel no quiere quedarse atado en los conflictos: borrón y cuenta nueva.

¿Por eso votamos los mexicanos? ¿Por acabar con la corrupción pero no con la impunidad? Los ciudadanos votaron por el castigo, no por el perdón. Y Andrés Manuel le da carta de naturalización a la impunidad que hemos padecido en los anteriores sexenios.

Con Carmen Aristegui planteó AMLO:

–Si se tratara de juzgar y de abrir expedientes, tendríamos que comenzar con los de arriba y sostengo que sería conspirar.

–¿Contra qué?

–En contra de la estabilidad política del país.

–Pero, ¿por qué?

–O sea desatamos, desatamos…

–¿A los demonios?

–Se suelta la confrontación, nos empantanamos.

–Se desata la confrontación ¿entre quién y quién?

–Entre los mexicanos.

–Pero, ¿por qué?

–¿Por qué? Porque tendrías que enjuiciar a Salinas, a Zedillo, a Fox, a Calderón, a Peña Nieto.

–¿Por qué no?

–Habría demasiado escándalo, demasiado.

–¿Y cuál es tu miedo al escándalo?

–No podría yo hacer lo que quiero para acabar con la corrupción, o sea, me quedaría anclado en el conflicto.

La mejor respuesta en contra de sus argumentos la publicó hoy Julio Hernández en su columna “Astillero” de La Jornada:

“Lo más interesante del asunto fueron las observaciones y condicionamientos que expresó Andrés Manuel López Obrador: si se abrieran expedientes contra los corruptos sería necesario alcanzar a los de arriba, y ello podría implicar el conspirar contra la estabilidad política del país. Terrible realidad de un país sería, bajo esa línea de argumentación, que el entramado de un país, su estabilidad, dependiera de la intocabilidad de los grandes corruptos. No se preocupen, ex presidentes, a pesar de que hubiera consultas, sería la adaptación a los tiempos de la cuarta transformación de la famosa frase de Enrique Peña Nieto a la secretaria Rosario Robles.

“(…) En ese contexto de crudo pragmatismo es explicable la injustificada insistencia de AMLO en proclamar respeto a Peña Nieto, convencido de que éste propició o permitió las condiciones electorales adversas a un nuevo fraude electoral. Por ello, EPN se encamina al tranquilo disfrute de su retiro, al igual que la mayoría de sus compinches. La estabilidad política del sistema no acepta conspiraciones justicieras”.

No sólo Enrique Peña Nieto se encamina tranquilo a la senda de la impunidad, es un comensal tóxico en la mesa de las viandas del perdón en casa de Andrés Manuel. Tóxico, la palabra del año para el Diccionario Oxford. Y López Obrador ya ha sido tocado por la toxicidad de su predecesores y Vicente Fox se ríe en su cara: “Yo no sé de los demás pero aquí se va topar con pared. Que haga lo que quiera. Uy qué miedo, no me estés amenazando, porque a mí no me da ni tantito de miedo. A los que sí son corruptos, son a los que va a perdonar, ya lo dijo”.

Y no sólo lo dijo, los invita a comer, a degustar el cambio de sexenio, a extenderles el manto de la impunidad. ¿Por qué tenía que reunirse Andrés Manuel con Peña Nieto el mismo día que huye de los conflictos y le deja a los ciudadanos, mediante una consulta, si se enjuicia o no a los expresidentes?

La foto de la impunidad es simbólica. La justificación de la reunión en casa de Andrés Manuel, pueril: “Me he reunido en otras ocasiones con él por razones de carácter institucional. Ahora, nos encontramos para definir el programa del 1º de diciembre y para agradecer sus atenciones”.

Atenciones que serán puntualmente correspondidas y, así, la Cuarta Transformación es una caricatura de las anteriores transformaciones. Por lo demás, no sabemos que dirá el “dedito” con consultas inducidas o no. En todo caso, suscribo lo escrito por Pascal Beltrán en Excélsior: “Me fue imposible no imaginarme al próximo Presidente de México en el papel de César, preguntando a vulgus qué hacer con el derrotado y oteando la gradería en busca de pulgares volteados. Desearía que el Presidente de la República, elegido con la mayor cantidad de votos de la historia, fuese alguien que tuviera por faro el Estado de derecho y el debido proceso”.

En el Estado de derecho no cabe ni el perdón ni la venganza, sólo la justicia. El borrón y cuenta nueva no es unipersonal, como advirtió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, perseguir todas las conductas con debido proceso y garantías. La pregunta es: ¿Está Andrés Manuel a la altura del voto de 30 millones de ciudadanos que sufragaron por el fin de la corrupción y la impunidad? La simpleza de la respuesta es categórica: No.