La Carpeta:
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Tengo muchos amigos judíos y respeto mucho su celebración de la Hanukkah que en este año, y gracias a los diferentes calendarios, comenzó el día de la guadalupana y terminó con el encendido de su novena vela el día 20.
FELIX CORTES CAMARILLO
diciembre 22, 2017, 6:06 am

Belén campanas de Belén,

                que los ángeles tocan,

                ¿qué nuevas me traéis?

                Pues eso.

Yo no creo que entre mis cuatro lectores—como dice mi queridísimo saltillense Armando Fuentes Aguirre, mejor conocido como Catón— haya un africano que por estos días celebre y festeje la Kwanzaa, que es algo que los colonialistas europeos inventaron para que los negros del África acudan en estos días a los incipientes malls de su geografía o a los opulentos donde ahora viven, como en la Ciudad de México, a gastarse lo que la tienda de raya les dejó, para comprar cosas que no necesitan para gente que por lo general detestan.

Tengo muchos amigos judíos y respeto mucho su celebración de la Hanukkah que en este año, y gracias a los diferentes calendarios, comenzó el día de la guadalupana y terminó con el encendido de su novena vela el día 20.

La mayoría de los conocidos que me quedan dicen ser cristianos y celebrar el nacimiento del Niño Jesús. Eso quiere decir meterse en embotellamientos por todas las calles de todas las ciudades y arrebatarse las llamadas ofertas de la tienda en cuestión, para acabar realizando el más idiota de los ritos que los occidentales tenemos: envolver cuidadosamente un objeto en papeles extraordinariamente bellos para que el recipiendario de tal belleza la rompa en diez segundos. En fin, pido perdón a todos ellos. Ya mencioné a los cuatro lectores de Armando. Vamos al punto. Odio el mes de diciembre y sus festividades.

Como su nombre lo indica, diciembre era el mes décimo del calendario que nos dejaron los romanos, cuyos tiranos barberos en su lambisconería tuvieron que meterle al tiempo los meses de Julio y de Augusto para acabar de chingar la patria.

Pero eso es nada. Los habitantes de esta decrépita Roma tenemos que zamparnos, además del tráfico insoportable y de mentada de madre pa´rriba, que a la menor provocación en el super nos enteremos de unos peces beodos que beben y beben y vuelven a beber por ver al Dios nacer. ¿A quién carajos le interesa, pregunto yo, el tambor de hojadelata así la cante Raphael o como se llame? Y si el burrito sabanero va camino de Belén o camino de Guanajuato, su feria con jugada me da exactamente lo mismo.

Comiendo ayer con mi hija menor le pregunté qué era lo que más odiaba de estas fiestas de fin de año, me dijo que tener que reunirse con gente, a veces parientes, que ni conoce ni aprecia ni quiere convivir con ellos. Le entendí —que para eso soy su padre y puedo saber qué es lo que piensa mi hija— que le molesta lo mismo que a mí, no solamente en estas fechas: la obligatoriedad.

No entiendo por qué tengo que honrar y manifestarle mi cariño a mi mamá un día del año, lo mismo que quienes considero mis buenos maestros. No sé por qué mi hija tenga que recibir regalos y juguetes el 24 de diciembre o el Día de Reyes.

Me gustaría ser un césar antiguo y poder cambiar el calendario a mi antojo. A pesar de eso, con los derechos que me otorga la tantas veces violada Constitución de todos los países que conozco y considero míos, propongo que anulemos el mes décimo del calendario antiguo y que dediquemos el resto de nuestros días, cada uno, a expresar físicamente —esto es cuerpo a cuerpo— el amor que por los demás sentimos.

Feliz Navidad.

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