La Carpeta:
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Sólo un narrador de primera línea como Joaquín Hurtado pudo describir tan sutilmente a ese personaje denominado Eldelsida como él mismo se dice (me recuerda mucho a Elsinore, el reino del espanto de Hamlet), que se presta a las bromas homofóbicas de primos y tíos, para levantar una coraza invisible que lo proteja de las burlas ajenas y mimetizarse, para así capotear el machismo circundante.
Eloy Garza
mayo 16, 2018, 6:20 am

El viernes pasado, en la madrugada, salí del Mandela y me fui a dormir a mi casa. Eran pasadas las tres de la mañana. Me acosté en la cama a leer el libro Vuelta Prohibida, Tomo I (Narrativa reunida 1991-2003) de Joaquín Hurtado. De pronto, en medio de la noche, escuché voces lejanas. Me asomé por la ventana que da a un terreno baldío, al lado de mi propiedad. Vi merodeando en la oscuridad dos sombras extrañas, sospechosas. Hablé a Seguridad Pública a denunciar a los maleantes. Enviaron pronto dos patrullas. Seguí leyendo a Hurtado pero mi curiosidad me ganó. Volví a asomarme a la ventana. No eran dos maleantes sino una pareja de muchachos, dos hombres, haciendo el amor en el solar. Me sentí un viejo decrépito, malhumorado, gruñón; un anciano achacoso y carcamán de 48 años, que dada su provecta edad no entiende a las parejas libres, que hacen el amor. El colmo fue que tres policías sometieron a la pareja: los basculearon contra un muro. No soporté más. Me tomé el vaso de agua donde dejo mi dentadura postiza, me puse mi mameluco, me sostuve en mi andador y salí de la casa, mentando madres, con el libro de Joaquín en la mano. Exigí a los policías que dejaran en paz a la pareja de enamorados. Les ofrecí dinero (que sirva por una única vez el soborno), les quise clavar en las costillas el libro de Joaquín: dos, tres Vueltas Prohibidas en la zona hepática. ¡Que les doliera! Pero ni así. “Es que un vecino suyo se quejó de estos degenerados”, me dijo un policía. Yo le respondí: “sí, un viejo gruñón, malhumorado, maloliente a orines, que tiene la misma cara que yo y que se llama igual que yo”. Finalmente, liberaron a los pobres muchachos. De regreso a mi cuarto, volví a leer el libro de Joaquín desde el comienzo, pero ahora con otra perspectiva de lector, con otro ángulo. Y entendí que el libro de Joaquín, además de ser literatura de la buena, es también un call to action, un llamado a la acción de heteros, gays, lesbianas y trans.

Veo un salto cualitativo en la obra literaria de Joaquín Hurtado, con la publicación de Laredo Song (1997) pero sobre todo con esa maravilla de la decepción humana que se titula Crónica Sero (2003). Hasta entonces, Joaquín había sido un cronista muy competente de Monterrey, o más bien lo que en francés se conoce como un flâneur, es decir, un paseante, un callejero, como lo fue Baudelaire o como lo fue en México el poeta Efraín Huerta. Flâneur ha habido muchos en México, que recorren a pie los bulevares, los muladares, las bocacalles. ¿Qué fue Carlos Monsiváis sino un flâneur que a veces en vez de caminar se subía a un taxi? ¿Qué significa un poema como Nocturno de San Ildefonso, de Octavio Paz, sino la nostalgia de un flâneur que dice:”el muchacho que camina por este poema, entre San Ildefonso y el Zócalo, es el hombre que lo escribe / está página / también es una caminata nocturna”. ¿Qué es el poema de Samuel Noyola, Nocturno de la Calzada Madero, sino una caminata nocturna por Monterrey? ¿Y quién es Joaquín Hurtado sino un caminante que hace la crónica de una “ciudad desatenta, evasiva, presuntuosa y fea, como Monterrey” para “arrebatarle el derecho de paso, su derecho de piso. Y en lo que a mí concierne: para sobrevivir al espanto que me provoca”?

Sin embargo, en Crónica Sero, ya no sólo se levanta constancia de las caminatas de un flâneur urbano; son las crónicas en múltiples estilos de un ilegal, de un indocumentado en la Ciudad de la Enfermedad Prohibida, cuyas siglas no pudieron pronunciarse hasta muchos años a después de convertirse en epidemia, porque era como la palabra impronunciable de una logia masónica. Era el Sida. Joaquín Hurtado nos muestra que el Mal no es un misterio, como decía San Pablo. Ni siquiera es la maldad sobrenatural a la que se refiere George Bataille en su libro La literatura y el Mal. No: la maldad ni siquiera estaba propiamente en la ciudad perdida del Sida; estaba más bien en la familia, en los barrios, en el vecindario, en los hospitales, en los nosocomios, en Urgencias, en los saunas, en los departamentos de recursos humanos, en el círculo de amigos que cometen esas discriminaciones casi imperceptibles, disfrazadas de chistes y de desprecios cotidianos; que está incluso en la mente de un enfermo de Sida de San Pedro que con pavor líquido le dice al narrador: “No me explico cómo gente como uno (o sea fresa, de clase alta), se va a morir de eso”. Una maldad dispersa en el aire, viralizada, microscópica, que poliniza donde uno menos se imagina. Sólo un narrador de primera línea como Joaquín Hurtado pudo describir tan sutilmente a ese personaje denominado Eldelsida como él mismo se dice (me recuerda mucho a Elsinore, el reino del espanto de Hamlet), que se presta a las bromas homofóbicas de primos y tíos, para levantar una coraza invisible que lo proteja de las burlas ajenas y mimetizarse, para así capotear el machismo circundante.

Ahora es muy conocido el movimiento denominado “feminismo para el 99%”. Pero también debe haber una lucha por la diversidad sexual del 99%. Es decir, no basta con romper el “techo de cristal” del escalafón corporativo, y suponer que porque hay reconocimiento de la comunidad lésbico-gay en el mundo de las grandes marcas, las transnacionales y la moda, la sociedad mexicana está avanzando. Qué bueno qué se valora la meritocracia, pero ahí sólo les va bien a una pequeña cantidad de personas. Joaquín nos habla, en cambio, de quienes tienes que estar en la lucha diaria, de salarios mínimos de 88.36 pesos diarios si bien les va; del gay peatón, paciente, derechohabiente que es discriminado, del gay pisoteado y marginado; del gay que tiene que esperar su turno para entregar su plasma ante la aguja de plata; del gay que no tiene voz y es ultrajado día y noche por la autoridad, por agentes de seguridad pública, por jueces y hasta por la propia prensa que publica a ocho columnas, como dice Joaquín: “Enfermos de Sida, desde su escondite juran vengarse de la sociedad”.

Ciertas candidatas presidenciales se jactan de tener compadres gays, pero no quieren que les tomen videos con ellos, ni los subas al Facebook con ellos, o a Instagram con ellos. Menos aceptan acompañarlos en marchas o abrazar a quién tenga Sida. Son esos candidatos que se voltean para otro lado cuando les exiges que estén a favor del matrimonio de personas del mismo sexo o que se zafan muy orondos con la típica repuesta: “pues eso ya lo aprobó la Suprema Corte de Justicia, ¿qué más quieren?”. Muchas más cosas. ¿Y las adopciones? ¿Y los derechos de pareja? ¿Y un largo etcétera? Lean Vuelta Prohibida, Tomo I. Es un gran libro contra las buenas conciencias. Sean flâneurs, paseantes; caminen por las calles de la mano de Joaquín Hurtado y denuncien a los viejos decrépitos de cualquier edad, amargados, gruñones, que no toleran a dos muchachos haciendo el amor, cojiendo felices y desinhibidos en un terreno baldío.