La Carpeta:
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Hace un par de años me enteré que Monseñor Juan José Hinojosa había sufrido un accidente: una camioneta cayó encima de su carro, de un carril superior. Agonizó varias semanas. Hasta que murió.
Eloy Garza
diciembre 27, 2017, 3:22 am

Hace años un familiar mío se puso malo. Uno se queda impotente ante semejante revés. Por aquellos días, salí a caminar. No pensaba en nada, sólo en caminar. Seguí el paseo de calzada San Pedro. Miré los árboles. Las sombras que se alargaban por el pasto. La banca donde platiqué por última vez con mi tío. El bebedero donde sació su sed un amigo, días antes de morir de un infarto. Cada trozo de pasado agolpado en mi memoria. Una sensación de irrealidad.

La casualidad, el inconsciente, el destino, me llevaron a la Iglesia de Fátima. Bajo los escalones del atrio, estaba un cura flaco, enjuto, de lentes grandes. Le pregunté si podíamos platicar. Dijo que sí. Cuando la tensión jode cuerpo y alma, lo que uno busca es un instante de paz: nuestra ración de eternidad.

Fue el principio de una buena amistad. Solía visitarlo. Un día dejé de hacerlo. ¿Por qué? Hay cosas de las que uno se arrepiente. Este cura era un hombre jovial. Pero detrás de su bonhomía estaba una voluntad rigurosa por el estudio. Era un exégeta de la Biblia; habrá quién diga que el más profundo de estas tierras. No lo se. Lo cierto es que me agradaba conversar con ese hombre, no sólo con el ministro de Dios.

Hace un par de años me enteré que Monseñor Juan José Hinojosa había sufrido un accidente: una camioneta cayó encima de su carro, de un carril superior. Agonizó varias semanas. Hasta que murió.

Hoy, de madrugada, salí a caminar a Calzada San Pedro. Estaba la banca donde platiqué por última vez con mi tío; el bebedero donde sació su sed mi amigo difunto.

Terminé en las escaleras del atrio de la iglesia de Fátima. No veré más al cura flaco, enjuto, de lentes grandes. No pude platicar con él. Espero hacerlo pronto. O más tarde. O algún día. Y recobrar, brevemente, aquella ración de eternidad.