La Carpeta:
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“¿Cómo se llama el joven latino, con pinta de Errol Flynn?” le preguntó al mesero, limpiando las lágrimas de sus ojos, sin curiosidad, sólo para matar el tedio. El mesero sostuvo la charola con la mano izquierda, mientras se agachaba para soltar el nombre del afortunado de esa noche de copas: “Carlos Fuentes, hijo de un diplomático de México”.
Eloy Garza
febrero 6, 2018, 7:27 am

“No la satisfago” se acongojaba el viejo cónsul general de Francia en la fiesta de Nueva York, a mediados de los años sesenta. Times Square era una danza de luces de neón, bien entrado el amanecer. Veía a su mujer treinta años más joven que él, rubia, vulnerable y peligrosa, acechando a su próxima presa. Bebía una copa de vino tinto. Como lituano que era, en el fondo machista, soñaba con frenar el libido bretón de su amante, él que había sido un don Juan sin límites. Se hundía en su silla, con la resignación del ex combatiente y del exnovelista caído en desgracia, que perdía todas las guerras de la edad y sufría las miserias del derrotado por el paso del tiempo. Enhiesto nada más el recuerdo de sus antiguas glorias de cama.

Pero amaba a su mujer con esa misteriosa atracción francesa por la infidelidad de la pareja. La quería a pesar (o quizá en razón) de sus treinta años de diferencia y de que ella no ocultaba al público su lujuria transitoria pero tenaz. Era actriz pero no sabía disimular sus ansiedades: cuánta ironía histriónica, cuánta nostalgia por aquellos días cuando él solía doblegarla como animal en celo. Y bebía hasta la última gota de su copa de tinto. Entonces lloró como el cobarde que no era ni lo fue jamás.

“¿Cómo se llama el joven latino, con pinta de Errol Flynn?” le preguntó al mesero, limpiando las lágrimas de sus ojos, sin curiosidad, sólo para matar el tedio. El mesero sostuvo la charola con la mano izquierda, mientras se agachaba para soltar el nombre del afortunado de esa noche de copas: “Carlos Fuentes, hijo de un diplomático de México”. El viejo combatiente se tocó la ingle y reconoció con un rictus de claudicación las embestidas sexuales de su joven rival. ¿Disfrutaba en el fondo tamaña humillación? “Malditos sudacas” le susurró a nadie. Los dos jóvenes se besaban, se fajaban, se abrían al deleite de la exhibición. Y el viejo limitado a los rescoldos sensuales del voyerista.

Se incorporó de un brinco cuando su mujer le presentó a su amante de turno. Se sintió ridículo con la copa vacía en la mano derecha, aferrado a ella. “Qué tal, amigo” le dijo con deferencia. “Soy Romain Gary, novelista como usted, judío ruso como no lo es usted, Premio Goncourt como no lo es usted, luchador de la resistencia como no lo será usted, impotente como no lo es usted y pareja formal de esta hembra de nombre Jean Seberg”. El mexicano tenía aire desenfadado de bon vivant, de seductor de película muda, con un bigotito fino, una facha y una autosuficiencia que le recordó a él mismo cuando era joven y había fornicado con casi todas las damas de la alta sociedad de Francia.

Seberg y Carlos Fuentes fueron a tomar una copa. La fiesta entró en su cenit de cansancio: hasta la perdición fastidia cuando las horas avanzan. Un diplomático suyo le confió el secreto de su rival mexicano: vivía ensimismado en su pedantería. Ególatra que buscaba su afirmación acostándose con celebridades del cine. Ajeno al destino de su propia familia, dedicado a forjarse un nombre en la literatura universal; muchacho sin alma, entregado a seducir jóvenes bonitas como Jean Seberg. Su exesposa, Rita Macedo, otra actriz, le acababa de pedir el divorcio, harta de sus infidelidades.

“Tonta ella que no lo satisface a él, como yo tampoco a Jean”, susurró Romain Gary, a punto del colapso nervioso. Se asombró entonces de la importancia que tiene para el ego el don vulgar de una buena erección. Recordó un viejo chiste de su tierra natal: los viejos no quieren ponerse preservativos porque a su edad la pinga ya no resiste más peso. Pidió otra botella de vino y quizá, en ese justo momento, imaginó el esbozo de su próxima novela, la historia de un hombre maduro que sufre la infidelidad de su mujer porque no puede satisfacerla sexualmente. Una decadencia vergonzosa.

La novela que después publicó Romain Gary, con pseudónimo, en 1975, fue mediocre pero en ella hace escarnio de su propia impotencia sexual. La tituló Más allá de este límite, su billete no es válido. Fuentes también escribió una novela inspirada en sus amoríos con Seberg, obra aún más mediocre, en la que no se mide en glorificación machista: Diana o la Cazadora Solitaria (1994).

Muchos años más tarde, una mañana de agosto, de 1979, la policía encontró el cadáver de Jean Seberg en el asiento trasero de un carro, en el barrio de Passy, en París. Había dejado encendido el vehículo e introducido el escape en la cabina, con los vidrios arriba. Otra mañana de 1980, la policía halló el cadáver de Romain Gary tendido en su cama y vestido con una pijama, con el paladar destrozado por un tiro de revolver Smith & Wesson. Una tarde de diciembre de 1993, la policía encontró el cadáver de Rita Macedo en la parte delantera de su automóvil, con un tiro en la boca, en el portón de su casa de la Ciudad de México. Carlos Fuentes los sobrevivió a los tres y siguió escribiendo sus novelas raras. Fue más longevo que Romain Gary, pero para los años de su ancianidad celebratoria ya se había inventado el Viagra.

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