Estoy tan solo y tan triste que lloro sin contenerme,

                ya nadie suele quererme, todos se muestran impíos,

                de tantos amigos míos, ninguno ha venido a verme.

                Carlos Gardel, La cama vacía.

Poco a poco, el aparato de gobierno de Enrique Peña Nieto se ha comenzado a desmantelar. Sin quererlo, se está mandando un mensaje de lo prescindibles que han sido todos sus miembros, pues ni falta que hacen a la hora del último jalón. En unos días, el gabinete se ha quedado sin los titulares de Hacienda, Educación y de Petróleos Mexicanos, amén de la tan anunciada salida del gobernador del Banco de México.

Es verdad que en este cambio de baraja se ha operado la mecánica lógica y simple del escalafón burocrático: El puesto vacío se está cubriendo con el inmediatamente inferior del que se va y, por lo general, todos pertenecen a la misma pandilla del poder. Todos vienen de la misma escuela y comulgan con el mismo sacerdote, el omnipresente secretario de Relaciones Exteriores.

La figura del solitario en Palacio ha sido abordada en numerosas ocasiones como la paradoja del poder absoluto que tiene el Presidente de México; como el desahuciado en el tango de Gardel, se va quedando solo y abandonado por todos aquellos que procuraron durante tanto tiempo su amistad y su cobijo.

Pero, además, de ese evidente mensaje subyace en lo que estamos viviendo una intención clarísima de perpetuidad. Si José Antonio Meade gana las elecciones, y tiene tantas posibilidades de hacerlo como los demás candidatos que se asomen, veremos que su gobierno será una mera continuación del régimen que se va. El perfil académico y político de los que por hoy rodean al candidato del PRI y son encargados de llevarlo al triunfo no deja lugar a dudas. Para bien o para mal, tendremos más de lo mismo.

PILÓN.- El diario brasileño O Globo dio la noticia con el siguiente titular: Trump abre las puertas del infierno. Se refiere al anuncio del presidente de Estados Unidos de reconocer como capital del estado de Israel la ciudad de Jerusalén, sitio sagrado para musulmanes, cristianos y judíos. Desde el surgimiento de Israel como Estado en 1948, como una de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la llamada Tierra Santa ha sido motivo de rencillas, guerras y animadversiones. El rezo del Yom Kipur, tal vez la más importante celebración de los judíos, termina siempre con la frase: “El año próximo en Jerusalén, una promesa de retorno de un pueblo que ha sabido como pocos, del exilio”. Jerusalén es más que un término geográfico, es un concepto de unidad, de poder y de predominio. Por ello se convierte en foco de explosiones.

La decisión de Trump es obviamente política y encaja con su iconoclasia que rompe con todos los lugares comunes de la diplomacia y la ley. Es evidente que con esta medida poco se contribuye al proceso de paz en la región candente, aunque el presidente de Estados Unidos diga exactamente lo contrario. La condena internacional ha sido, con la excepción obvia de Israel, unánime. La advertencia de que podemos esperar nuevos brotes de violencia terrorista es solamente lógica. Donald Trump ha tomado muy en cuenta el peso político y, sobre todo, económico de la comunidad judía en los mercados financieros de todo el mundo, especialmente en Wall Street. Jared Kushner, su yerno, ha jugado un papel muy importante en esta decisión, con su vocación sionista. Trump tiene todavía tiempo de revertir su provocación, dicen algunos editorialistas del mundo. No lo hará.