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Atención: dicho éxito de culpar a otros (tan de todos nosotros, insisto) puede tornarse en la peor pesadilla de Andrés Manuel y también de todo México.
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enero 14, 2019, 6:45 am

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

“Pensar es difícil; es por eso que la mayoría de la gente prefiere juzgar”. Carl Jung

“Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente, hay cierta complicidad vergonzosa”. Victor Hugo

“Cuando un pueblo se ha vuelto incapaz de gobernarse a sí mismo y está en condiciones para someterse a un amo, poco importa de dónde proceda este”. George Washington

Tan humano, tan mexicano

La verdadera fuente de la popularidad de Andrés Manuel es parecerse al común denominador de los mexicanos: culpar a otros y no asumir responsabilidades. Característica generalizada de los seres humanos, pero particularmente los que viven en sociedades como la mexicana.

¡Vaya que nos identificamos con ello! Hemos construido un mundo donde las injusticias y la inequidad en el fondo son irrelevantes; lo que importa es atribuir a los demás lo que son errores de uno o con múltiples paternidades. Alimentar el resentimiento social y repartir culpabilidades, esa es la tónica que prevalece.

En México existe por lo general una visión equivocada de la productividad, de la igualdad, de la economía, del trabajo, de la meritocracia, de la convivencia y, por lo mismo, elegimos como gobernante a alguien que comparte esa misma lectura equivocada (y desinformada) de la realidad social.

El milagro de la 4T y una sociedad inmadura 

Lo increíble (rayando en milagroso) de este gobierno es la disgregación del “nosotros lo hacemos” al “nosotros NO nos responsabilizamos”. Así, el número de errores culposos y yerros involuntarios ni siquiera abollan la figura del líder máximo y su manto de incorruptibilidad cubre a su equipo.

Ejemplo —muy menor—, la petición de AMLO de que cumplieran con su declaración de bienes abierta a la ciudadanía ha sido cumplida a medias por parte de su gabinete. Algunos han pedido que no se abra al público (contra la orden presidencial) y otros simplemente han pasado sus bienes a sus familiares y sus declaraciones son irrisorias. Emulan de su jefe directo (y presidente de todos). Siempre habrá cómo justificar la ausencia, la falla, la iniciativa, el agravio. Total, existe a quién y a qué culpar…

Pero la culpa no es solo de la 4T; la gente transa, abusiva e irresponsable somos todos. Sencillamente no nos hacemos responsables de nuestros actos.

Un sinnúmero de frases

Para culpar a alguien más de nuestros errores, todos tenemos nuestras frases predilectas. Van algunas entre muchas:

1.- Yo pensé que otro lo iba hacer.

2.- Yo no dije.

3.- No lo dejé ahí.

4.- Otro cerraba.

5.- Qué poco aguantas, era una broma.

6.- No me dejas hablar, por eso te callo.

7.- El poli me pidió para su chesco.

8.- ¡Fue Sean Penn! (Kate del Castillo).

9- Es mi voz pero no es mi voz (Mario Marín).

10.- Los banqueros nos saquearon (José López Portillo).

11.- No me despertaron (Antonio López de Santa Anna).

12.- Yo no soy la señora de la casa (EPN)

No me responsabilizo de mis acciones, de mi falta de acción, de mis dichos, de mi tareas, de mis errores y, para colmo, todo eso se vuelve la fuente de la popularidad, pues en el fondo premiamos la capacidad que tenemos de culpar al otro.

No es hipócrita

No nos confundamos, Andrés Manuel no es hipócrita ni busca ser más inteligente y zafarse de sus errores. Tan solo refleja una visión equivocada de la ética, del trabajo, de la economía, que tenemos todos. Donde no nos responsabilizamos por nuestra parte y nuestras pifias. Él es el retrato del mexicano que celebra culpar a otros de sus yerros.

Tampoco es doble moral de su parte. Es tan solo una moral errada, donde sobresimplificamos las situaciones; y AMLO apela a la misma. Terminamos por crear una realidad alterna.

La dicotomía no existe

El acontecer social es verdaderamente complejo. No hay solo buenos y malos, pobres y ricos, honestos y deshonestos, ladrones y policías, austeros y exhibicionistas, amigos o enemigos. Eso es inexistente, ni uno ni otro. Conformamos un crisol de colores o una escala de grises, donde el más santo puede tener destellos maléficos y el mismo diablo puede pasar por salvador de su pueblo a momentos.

El pensamiento dicotómico en lo social es falso de toda falsedad. No hay absolutos, pero nos empecinamos en así juzgarlo todo en razón de que requiere “invertir” menos en el proceso racional. Es una sobresimplificación pensar en términos binarios de falsos y verdaderos.

¿Cada pueblo tiene el gobierno que se merece?

No. En ocasiones simplemente se da una perfecta identificación gobernante-gobernado, aunque esa particular visión con la que existe identificación esté totalmente equivocada.

No se trata de merecimientos, sino de realidades, de lecturas falsas del acontecer social. De afrontar la realidad con un prisma diferente, que la distorsiona. A veces es sin querer, en otras ocasiones es adrede. Distorsionamos la realidad si así nos conviene y aplaudimos a quien lo hace mejor (ya sea por que lo hizo sin querer o queriendo y con un cinismo absoluto).

Lo gravísimo es que los errores o pifias fortuitas no solo no se asumen, sino que se convierten en un manifiesto de un “estás conmigo o estás contra mí”.

Atención: dicho éxito de culpar a otros (tan de todos nosotros, insisto) puede tornarse en la peor pesadilla de Andrés Manuel y también de todo México.