La Carpeta:
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El domingo pasado los mexicanos nos dieron a los mexicanos una lección a los que nunca creímos —ni volveremos a creer— en las encuestas de preferencias electorales, de la falsedad de los mecanismos.
FELIX CORTES CAMARILLO
julio 5, 2018, 8:32 am

Quiero que, que no, que sí que no,

                que sí me quieras

Por ahí anda La Margarita, de Cuba

Los que hasta el domingo pasado nunca creímos en los pronósticos electorales de las casas encuestracastradoras de México, apostamos ciegamente al principio de que los mexicanos llamados indecisos, o a los que decían a los encuestradores simplemene “no quiero contestar”, como yo lo hice, en la frágil soledad de la mampara que resguardó por segundos nuestra más íntima decisión como ciudadanos, le apostamos a la margarita.

Esa flor que se deshoja en búsqueda de una respuesta a la ilusión bipolar.

No fue así, la margarita tenía muchos años deshojándose.

 A mi juicio, desde la mañana de aquel 19 de septiembre de 1986 en que los habitantes de la capital le dieron a conocer al mudo, especialmente a su microcosmos llamado México, que los ciudadanos no necesitaban ni autoridad de la ciudad o del país para ponerse en las esquinas a darle agua a los voluntarios que andaban levantando cadávares y escombros o a cocinarles al día siguiente tacos o tortas o lo que fuera para que pudieran sobrevivir en su empeño.

Los mexicanos nos dimos cuenta, en esa dolorosa semana, que los mexicanos somos capaces de constituir una sociedad social, una agrupación cívica y sólida capaz de una solidaridad.

El domingo pasado los mexicanos nos dieron a los mexicanos una lección a los que nunca creímos —ni volveremos a creer— en las encuestas de preferencias electorales, de la falsedad de los mecanismos. Cuando se conjuga Andrés Manuel, una voluntad individual vigorosa y —sí, desde luego- seductora— con un hartazgo de las mayorías ante lo que les ha dominado por decenios, puede darse un resultado asombroso.

 Es ridículo, ciertamente, ubicarnos en la encrucijada del sí que hemos otorgado ciegamente —y así nos fue— a mesiánicos gobernantes que nos iban a sacar de la miseria, de la inusticia y del no que insistentemente le damos al otro.

Tal vez por eso no acabamos de entender, unos, el estupor de la victoria, y los otros la sorpresa de tal derrota.