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Un mes. 27 días para ser exacto. La cuenta regresiva para el día de las elecciones, que originalmente parecía apuntar al alivio de una campaña aburrida, monotona y predecible, adquiere hoy un tinte distinto.
Staff
junio 4, 2012, 5:59 am

Gabriel Guerra Castellanos

(Internacionalista)
El Universal

Un mes. 27 días para ser exacto. La cuenta regresiva para el día de las elecciones, que originalmente parecía apuntar al alivio de una campaña aburrida, monotona y predecible, adquiere hoy un tinte distinto. Emocionante para algunos, preocupante y ominosa para otros, la contienda del 2012 por la Presidencia es hoy todo menos cosa decidida.

Cuesta algo de trabajo mentalizarse, después de meses y meses en los que el puntero tenía una ventaja que se antojaba irremontable y que si acaso decrecía lo hacía a un ritmo minúsculo e insignificante. Su campaña, seria y profesional, le daba tres vueltas a las de sus contrincantes, que ya sea por carencias propias o de sus equipos, o por sus significativamente menores recursos económicos, parecían competir en una división inferior.

La organización de los eventos, la mercadotecnia política, la producción de los por todos aborrecidos “spots”, todo mostraba una calidad, llamémosla de algún modo, presidencial. Sume Usted a eso la mayoritaria presencia en medios cortesía de las nuevas reglas electorales y la abrumadora visibilidad del candidato en las calles (pendones, bardas, espectaculares) contribuían a la percepción de inminencia, de inevitabilidad de su victoria que con tantos esfuerzos, recursos y antelación sus asesores se ocuparon de construir.

Todavía hace un par de semanas, que digo semanas, días, la estrategia parecía funcionar a la perfección. Las encuestas apenas se movían, las campañas avanzaban y el tiempo continuaba su marcha, inexorable siempre pero más aun en tiempos electorales, en los que todo lo que se hace y deja de hacer adquiere otra característica: la de lo irremediable.

Incluso en ese terreno, el de los errores y los gazapos, la campaña de Enrique Peña se deslizaba por una suave pendiente recubierta de teflón: nada se le pegaba y nada le afectaba en las mediciones, que son a final el único instrumento minímamente confiable para estimar las preferencias electorales, y que con tanta frecuencia son ignoradas o descalificadas (al menos públicamente) por los candidatos que no aparecen favorecidos en ellas. Y no solo en México: en todas partes quien marcha a la zaga en encuestas afirma que éstas no captan el sentir o el entusiasmo de la gente, de sus partidarios, o que “la verdadera encuesta” se dará el día de las elecciones.

Eso (y lo del copetéo) han venido diciendo los dos candidatos que hasta hace poco iban de la mano en un nada idílico y muy frustrante empate técnico en el segundo lugar. Que si las encuestas no sirven, que si ellos tienen otras, que si no son confiables, que si los medios y los encuestadores se han confabulado, todo eso es retórica de campaña.

Sin meter las manos al fuego por individuos o metodologías particulares, parece poco creíble que casi TODAS las casas encuestadoras estuvieran puestas de acuerdo para falsear u ocultar tendencias.

Cada quien con su particular estilo y por distintas razones, ni López Obrador ni Vázquez Mota parecían capaces de romper la inercia. Ni el debate, ni los ataques, ni el amor: nada hacía mella al puntero. Los analistas más serios coincidían en que esta era la contienda electoral menos emocionante y el probable resultado más largamente anunciado.

Y así era, hasta que dejó de serlo. No me atrevo a afirmar con contundencia que todo lo que ha cambiado es producto del viernes negro de Peña en la Ibero o que el #132 sea su número de la mala suerte. Tampoco compro con fe ciega las afirmaciones de sus contrincantes, ni creo que una encuesta con resultados diferentes sea la que haga cambiar al verano, pero me parece que las cosas han cambiado y que de la inevitabilidad pasamos a lo impredecible, de la monotonía a la incertidumbre, y que por fin tenemos una campaña electoral como debe ser: emocionante, participativa, incluyente.

La contienda se cierra, lo cual NO quiere decir que ahora ya esté decidida para alguno de los otros. La competencia parece también estar cada vez más entre EPN y AMLO mientras que JVM se va quedando atrás, pero eso tampoco me parece irreversible.

Lo único cierto e incontrovertible es que, ahora sí, cada acto, cada paso, cada opinión y por supuesto cada voto cuentan. No hay pretexto para no involucrarse.