La Carpeta:
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El espectáculo que estan dando todos los precandidatos a la Presidencia es triste y vulgar. Estamos asistiendo a un festival de mentiras e insultos y lo que menos se presenta ante nosotros los electores, es alguna opción para que nuestro país salga del estado de estancamiento en el que permanece desde hace 18 años.
Carlos Chavarria
febrero 5, 2018, 8:51 am

El espectáculo que estan dando todos los precandidatos a la Presidencia es triste y vulgar. Estamos asistiendo a un festival de mentiras e insultos y lo que menos  se presenta ante nosotros  los electores, es alguna opción para que nuestro país salga del estado de estancamiento en el que permanece desde hace 18 años.

Los candidatos están enfrascados desde ya en sus contracampañas y en ver quién hace las ofertas más absurdas por incumplibles, so pena de que implican volver a gobiernos con enormes déficits con sus terribles consecuencias para los más pobres.

La reforma electoral ha permitido que accedan al juego político los personajes con mas desparpajo y cinismo que podíamos haber conocido.

Pero la reforma electoral no es ni será reforma política. La rabiosa y vergonzosa campaña que estamos presenciando no muestra sino la codicia por hacerse con la Presidencia de la República,  que a pesar de nuevos partidos y rostros en el poder es todavía una monarquía absolutista sexenal.

Ni Fox ni Calderón como tampoco Peña con sus reformas le quitaron un pelo al enorme poder que representan las facultades del presidente. En México el presidente es todo.

Es por eso que ni a Meade, a López o al  ambicioso joven Anaya  les preocupa prometer lo que no estaría en sus facultades al ocupar la leonora, porque saben que cuando se hagan con el poder del presidente, maniobrándolo pueden conseguir todo lo que quieran aunque el pueblo estuviera en contra.

El sistema de gobierno centralizado en el Poder Ejecutivo federal, y por supuesto en el presidente, representa una suerte de sometimiento de todo el país a la voluntad de una sola persona.

Los contrapesos representados por los otros poderes, el Legislativo y el Judicial, viven una mala suerte  de castración debido primero a que deben su posición al presidente, pues éste los designa o nombra las ternas para que se haga la farsa de la decisión en el Congreso.

Pero además los otros poderes no son autárquicos, el dinero que reciben lo reciben del Poder Ejecutivo y aquí y en China , “quién pone el dinero, pone las reglas en la práctica”.

Ese mismo modelo de gobierno se usa en  los estados y  los municipios donde los gobernadores y alcaldes son tambien monarcas absolutistas durante sus mandatos, con excepción de que éstos sí pueden verse coaccionados  por el Presidente de la República.

Otro problema que se suma al anterior consiste en que la elección del Poder Ejecutivo y Legislativo, es por mayorías relativas. A medida que la ciudadanía se ha segmentado más y más en sus apreciaciones políticas resulta que todos los puestos ejecutivos del país solo representan minorías, con todo el residuo de inconformidades que esto ocasiona después de cada elección.

Por ejemplo en el 2018 es previsible que quién gane lo hará por no más del 15 % del padrón electoral, descontando una abstención del 50% de la lista nominal. Menudo lío gobernar un país  con este sistema político de gobernanza.

Así ha sido desde que ganó Fox la presidencia. Ningun partido ha podido controlar al Congreso, esto ha causado la parálisis del país, ya sea por hacer quedar mal al presidente o por obtener mayores canonjías para cada bancada beligerante según sea la circunstancia.

Ahora supongamos otro escenario en el cual el partido del presidente electo también tuviera forma de obtener el control del Congreso, estaríamos enfrentados a la misma situación que azotó al país por 70 años del Siglo XX, la “dictadura perfecta” priista.

Todos los presidentes han podido hacer la reforma del régimen de gobierno, es decir, la reforma política. El asunto es que una vez que llegan a la silla se percatan en toda su magnitud del poder que pueden ejercer y ahí se acabó cualquier afán de cambiar el estado de cosas.

En su libro La década perdida, el expresidente Salinas se justifica diciendo que la urgencia económica obligaba a realizar primero la reforma económica que la política y que en resumen el tiempo no le alcanzó.

El expresidente Zedillo profundizó la reforma electoral pero no se atrevió tampoco a tocar las cuerdas mas sensibles del poder presidencial.

Fox y sus banalidades solo fueron un mal momento en la historia del país, mientras que Calderon prefirió dedicar su tiempo a la guerra contra el crimen organizado y ni por asomo trato de moverle al tema político.

Nada debería de preocuparnos en cuanto a quién llegara a la presidencia, porque con un sistema diferente las opciones serían avanzar o en el peor de los casos seguir igual, pero como estan las cosas de gobernanza estructuradas, cualquier loco mareado al estilo Hugo Chávez con tanto poder puede provocar un gran retroceso en México y ahí sí se acabó la historia, pues no tenemos márgenes de maniobra económicos, políticos o sociales.